¡Buenas noches, weloversizers!
Soy fiel seguidora de la página, pero nunca me había animado a escribiros hasta hace un momento, cuando lo estaba comentando con una amiga de broma (por eso de curar las penas de corazón roto con risas) y lo decidí. Os vengo a contar mi historia por si alguna (o alguno) se siente identificada (o identificado, que sé que hay chicos en este foro que sufren como nosotras). Mi historia de «amor» es la siguiente.
Tengo 26 años y, hasta hace unos meses, no me había enamorado. Porque sí, porque lo digo, porque estoy enamorada. Siempre he sido de las que esperaba encontrar el amor en un bar o en la biblioteca, pero esto es 2017 y aquí la cosa va por móvil. Conocí a Calimero en un grupo de una aplicación de mensajería instantánea en el que se suponía se hablaba de todo menos de amor. No había ningún español y cuando dijo de dónde era, me emocioné mucho. A él le hizo gracia mi reacción y empezamos a hablar por el grupo como lo hacía con el resto. A los pocos días, pasé mi contacto por la sala para que me pudiesen agregar por privado y él empezó a aparecerme como sugerencia de amistad. Como me caía bien (y estábamos haciendo un montón de spoilers sobre una serie que le recomendé en el grupo), le agregué y empezamos a hablar. Él mismo fue quien se presentó como Calimero, un tío tímido al que las situaciones sociales ponían nervioso y que no era capaz de hablar con alguien en un bar como el resto del mundo. Nunca había conocido a nadie con quien hubiese conectado tanto y tan rápido. Hablábamos todo el día y no me cansaba, era maravilloso. Coincidíamos en todo, hasta el punto de empezar a «diseñar» un test muy serio («¿te gustan las croquetas?») para posibles parejas que acabó quedando de lado en el momento en el que vi que él cumplía con todo.
Nos fuimos enganchando, le fui dejando entrar y parecía que él a mí también. Hasta aquí, todo correcto. Solo había 905 problemas, uno por cada kilómetro que nos separaba. No era fácil, pero yo, que soy histérica y demasiado previsora, llegué a la conclusión de que, ya que él no podría pedir un traslado, podría moverme yo. ¿Por qué? Pues porque era mi primer amor y puse toda esa fuerza de adolescente enamorada en hacerle feliz y en conseguir que funcionase. Hablamos de vernos, fue él quien mencionó pasar por aquí de camino a un destino de vacaciones (que no se logró por un problema familiar absolutamente comprensible). Llegamos a funcionar como pareja, como él me comentó varias veces después. Y empezaron los nubarrones. , pues bronca y drama. Se fue de vacaciones aún más lejos, con cambio horario que yo intentaba salvar acostándome a horas absurdas, y nos empezó la distancia… Bronca y drama. En agosto, tuvo una situación muy estresante en el trabajo y salió el tema de una ex-compañera con la que había estado y cómo se había preocupado en ese momento y cómo otra compañera había «hecho sangre» con el tema. ¿Que yo me quedé sin dormir esos días para que no estuviese solo? No importaba. Me cerré, él más… Bronca y drama. (Llegados a este punto, creo que mis amigas tenían un juego de chupitos: cada vez que había drama con él, bebían). Esta bronca fue especial, duró dos días y terminó con una llamada en la que él me dijo que ya no me quería. Lloré amargamente, le dije que le iba a colgar para asumirlo y pasé una noche de pura caca.
Al día siguiente, me llegó un correo suyo diciendo cómo no quería perderme y que no era que no me quisiese, sino que no me quería TANTO. Quedamos en ser amigos, en hablar de tonterías (¡memes y perritos!). Tras una conversación absurda que empezó con mis alabanzas a David Leo en la Supercopa de Pasapalabra, vimos que no éramos capaces de ser solo amigos. Y volvimos a las andadas. Yo un día estuve un poco seca por un problema de trabajo y eso resultó en tres días de estar seco él. Llega un día maravilloso que yo llevaba esperando AÑOS: mi grupo favorito tocaba en las fiestas de mi ciudad. Le pasé fotos, me dijo lo guapa que iba y a cuántos iba a conquistar («¡pero yo solo quiero que te fijes tú en mí, los demás me dan igual!»). Llovía muchísimo y yo me puse pachucha. No estaba demasiado alegre al día siguiente, así que pasó lo que podéis imaginar: se puso seco él. Pasó un día más y yo, cansada, le pregunté «¿ya no te importo lo suficiente como para contestarme?». Se lo tomó fatal y me pidió tiempo porque, según él, si seguíamos por ese camino, acabaríamos por no querer hablarnos nunca más. Se lo intenté dar, pero otra vez en septiembre su situación en el trabajo era muy estresante, con turnos interminables y mucha presión, y no pude dejarle de hablar por completo. ¿Sabéis esa angustia por dentro que no es hambre? Así vivía yo, con las noticias bombardeando sobre el tema y las malas condiciones. Yo uso mucho los estados de WhatsApp y él siempre los veía, aunque luego me contestase cortante a mis mensajes preguntándole cómo estaba (sí, Calimero, en el estado de WhatsApp aparece quién los ha visto y tú los veías todos).
A final de ese mes, me llamaron para trabajar y se lo conté. Se alegró un montón y me felicitó el cumple al día siguiente. A partir de entonces empezamos a hablar (no sé si ayudaron los cuatro días que conseguí estar sin hablarle, ¡yuju!). Después de un par de noches haciéndole compañía por WhatsApp mientras él trabajaba, me dijo que había echado de menos nuestras conversaciones, que ME HABÍA ECHADO DE MENOS. Aquí yo me puse a bailar como la flamenca del emoji, a las cinco de la mañana, en pijama y en mi habitación. Y volvimos poco a poco a las andadas, esta vez sin broncas ni dramas. ¿Sabéis por qué? Porque me los callaba. Si algo me parecía mal, me lo guardaba. Y lo hice durante muchos días, hasta que hubo una noche en la que, gracias a un par de cervezas que se había tomado al acabar de trabajar con sus compañeros, decidió abrirme su corazón hablando del tema de las infidelidades. Veréis, como muchos/as aquí, ODIO la infidelidad. Un poco más si cabe porque es un tema que afectó mucho en mi familia (no directa). Él empezó a contarme cómo había sido la historia con su ex, cómo habían tenido trabajo a pesar de que ella tenía pareja y cómo ella había vuelto con su novio a pesar de todo. Sí, esa que se preocupaba tanto por él. Pero me callé, le apoyé y le hice ver que el mejor arrepentimiento era no volver a repetir el error, a no volver a participar en algo así ni engañar él a nadie, por supuesto. A la noche siguiente, volvió a salir el tema. Intenté ser comprensiva y creo que lo conseguí, pero con mucha menos paciencia (de esto que tienes que tomar una manzanilla con anís para pasar la bilis que se te sube a la garganta). No volvimos a sacar el tema y ahí quedó la cosa, porque el propio Calimero reconoció que me había jodido la noche. Todo bien hasta que un día me dice «soñé dos cosas, pero creo que una no te va a gustar». Yo aquí ya estaba preocupada, pero le pregunté. Pues bien, su sueño era el siguiente: él, que no presenta nunca a sus parejas, la llevaba a casa de sus padres y estaban allí con abrazos y demás, pero estos la juzgaban. Me pareció mal. Se lo dije. ¿Qué pasó? Minidrama y se puso cortante hasta que lo hablamos por teléfono y le expliqué, por si no caía de cajón, por qué me dolía que me mencionase a esa chica EN ESAS CIRCUNSTANCIAS (cualquiera pensaría que él lo sabría, pero no).
Desde entonces, seguimos hablando y bien. Éramos y se supone que somos amigos, pero había algo más. Que te respondan a un «te quiero» con un «lo sé» debería darme pistas, pero yo tenía esas gafas de color rosa que no me dejaban ver nada. Lo que se suponía que le costaba, como hablar por teléfono, y que hacíamos mucho al principio, volvió a ser un problema. «No me apetece, lo siento», a lo que yo decía «no pasa nada, dímelo tú cuando quieras porque tampoco es sano andar preguntándote y que me rechaces cada vez». Así llegamos a esta semana. Él soñó conmigo, soñó que estábamos juntos y yo le dejaba por otro. Os voy a contar algo que hice y no se debe hacer: no sé cuántas veces le dije que solo me gustaba él, que solo me importaba él y que no quería conocer a nadie más. «No quiero que te cierres puertas», me decía. «Solo hay una puerta que quiero abrir y es la tuya», le decía yo. Tonta de mí. Chicos/as, hoy me llegó un mensaje suyo diciendo que no sabía cómo decírmelo, pero que ayer se le había acercado una chica que le había reconocido por el acento, que ella también era de su misma provincia y que habían quedado para esta tarde.
Se me rompió el corazón. Fue sincero, muy sincero, y me lo dijo antes de tiempo. «¿Para qué te lo cuenta si una cita puede salir bien o no?», «¿Por qué te lo dice sin saber si merece la pena?», «¿Por qué no esperó a conocerla un poco más?». Pues porque Calimero es así, brutalmente sincero. Él, que no había sido capaz de mandar ese primer mensaje cuando nos conocimos a pesar de ser él quien me había agregado, había quedado con una chica que había conocido en un bar. ¿Conocéis «Nube», de La Oreja de Van Gogh (mi grupo favorito, ese al que fui a ver en septiembre)? Así estoy yo ahora. ¿Cómo paso página de algo que pudo ser y nunca fue? ¿Cómo supero una ruptura de una pareja que nunca llegó a ser? Nos quisimos como pareja, nos tratábamos como pareja, y yo veía futuro. Él siempre imaginó que yo conocería a alguien, pero yo le decía que sería él quien conocería a alguien. ¿Sabéis qué? Por una vez, odio tener razón. Me abrí con él como no lo había hecho con nadie, le gustaba como soy y él a mí me gustaba tal cual, ¡con lo raro que es que eso suceda! Mi reacción fue desearle suerte, avisarle de que le iba a desaparecer mi foto de WhatsApp pero no estaba bloqueado, que podía hablarme si necesitaba algo importante. Él me dijo que lo entendía, que estaba ahí si necesitaba algo, «hablar o lo que sea». Esta vez, la que necesita tiempo soy yo y así se lo dije. Le dije que esperaba que saliese todo bien y él me deseó que todo me fuese bien. Le pedí que borrase mis fotos (por eso de que es un tío de internet al que no conozco y esas cosas) y me dijo que lo haría.
Ya no tengo su número, ya no tengo una foto de su bosque favorito como mi fondo de pantalla y la figurita de unicornio a la que él puso nombre está guardada en un cajón. «Te llamará», «Te volverá a hablar», «Te echará de menos y te escribirá», me dicen por ahí. ¿Cómo va a renunciar a su «diario»? Pues porque tiene uno nuevo, en el que empezó a escribir esta misma tarde. No sé cuántas veces le habré hablado a Calimero de esta página, quién le iba a decir a él que acabaría formando parte del foro. Calimero, acabo de mirar la última hora de conexión (mal hecho, lo sé), y no te conectas desde las nueve y media de la noche. No sé si la cita ha ido muy bien o muy mal, no quiero planteármelo, pero espero que algún día me quieran y poder querer a esa persona como te quise y te quiero a ti. A los y las que me leéis, si es que alguien sigue aquí, aprended de mi ejemplo. Quered mucho y muy bien, alejaos antes de que duela si veis que no hay nada y valorad a quien os quiere. Y a ti, Calimero, solete mío, si es que algún día lees esto, ACLÁRATE. Volveremos a ser amigos, solo amigos, y sé que me alegraré por ti, como espero que tú lo hagas (sin odiar a mi -futuro- chico en secreto, como solías bromear). Mientras tanto, mi corazón se toma unas vacaciones. ¡Buena suerte!