Querido foro,
Hace tiempo que os leo. ¡Y cómo me gusta! Así que hoy me he decidido yo. ¿Os acordáis de ese anuncio que decía “Cómete un yogur”? Pues vengo a hablar de eso: De la Navidad que me comí un Petit Suisse. Y desde ya os digo que es largo, quien avisa no es traidor.
Pues nada, ahí estaba yo recién estrenando soltería después de 8 años de relación y unos cuantos de infructuoso matrimonio una noche con una amiga dándolo todo y tomando unas copas, convencida de que el gran giro que había dado mi vida era una bendición. A la mañana siguiente, con ella tendida a mi lado durmiendo, mi mente iba a la velocidad de la luz. Ambas destilando alcohol después de una madrugada de exaltación de la amistad y la expectativa de todo lo que quedaba por venir en mi próximo futuro.
Cogí mi móvil y me lancé. Caída libre, precipicio, abismo… ¿Qué más daba? Busqué en WhatsApp, abrí la conversación pensando cómo abordar la situación. Él, con 23 añitos, compañero de trabajo. Alto, rubio, ojos verdes. Una cara de niño bueno que prometía que detrás de esa fachada había mucho más. Yo le sacaba 10 años y con la experiencia que tenía había conseguido vislumbrar atisbos de lo más interesante.
“¿Cómo una mujer con 33 años se siente atraída por alguien que no había ni nacido cuando yo hice la primera comunión?” me han llegado a preguntar. Muchas horas de conversaciones en el trabajo o tomando un café durante el desayuno. De alguna forma acabamos estrechando lazos, con mucho cachondeíto y contándonos nuestras vidas, nuestras pifias, nuestros triunfos, hasta hablar del presente y el futuro, de lo divino y de lo humano.
Los meses previos mi vida estaba siendo una vorágine de emociones, había mucha mierda, mi relación se iba a pique y yo que tanto había luchado por salvarla decidí que estaba harta de encarrilar un tren que hacía tiempo se había salido de la vía. Y ahí estaba él, escuchando mis sueños, mis mierdas, mis ganas frustradas de un presente mejor. También ahí estaba yo escuchándole rebosante de vitalidad e ilusiones hablar de sus proyectos, de lo que esperaba de la vida. Y era curioso como alguien tan diferente a mí, no solo por la edad, podía entenderme e incluso hacerme sentir reconfortada.
Un día me levanté con la certeza de haber soñado con él. Sí, hermanas, un sueño no erótico sino porno con todas las letras. Y es que la tensión sexual se iba haciendo patente. No sólo se notaba en las coñas y las pullitas que nos lanzábamos. Yo pensando que estaría interesado en chicas de su edad y que eran eso, coñas. Y él pensando lo mismo. Llegó el día en que me dije: “Yo a este lo tengo que probar”. Claro que para mí en ese momento no era un reto, no me lo planteaba. Se convertía en una fantasía entonces irrealizable.
Volviendo al punto en que cojo el móvil y me decido a escribirle, le suelto la bomba. Le cuento el giro de 180 grados que había dado mi vida. Él, tan atento, se ofrecía en cualquier cosa que estuviera a su alcance poder hacer por mí. Total, que entre una cosa y otra le acabo dando una dirección. Las horas se harían largas. Él en el trabajo y yo sintiéndome eufórica y expectante. Horas durante las cuales me preguntó más de una vez si esto no era una coña, que si esto era tan real como parecía. Y claro, yo ahí me sentía una puta diosa. No me lo decía, pero me tenía en un pedestal de oro, como una deidad inalcanzable, besando mis jodidos tobillos.

Y joder, qué bien sentaba.
Mentiría si dijera que yo no estaba nerviosa. No sólo tenía la intención de beneficiarme a un Danone, sino que además era mi compañero de trabajo. También mentiría si dijera que no iba a matar. Me duché, me perfumé, escogí un corset con bordados y una bata corta de satén negro. Con mis armas de matar en una mochila me fui al hotel escogido, sintiéndome poderosa como una valkyria al recoger la tarjeta de la habitación. Me retoqué, me puse mi armadura y lo esperé. Los segundos fueron minutos, los minutos parecían horas. Hasta que recibí su mensaje, acababa de aparcar y estaba subiendo. Poco después unos discretos toques en la puerta anunciaban que tras ella estaba él. Unos toques que a mí me sonaron al cuerno de Gondor es todo su esplendor. Aquí estaba la batalla y yo me presentaba con todo lo que tenía.
No tengo claro si él me besó a mí o fue al revés, pero a los segundos de cerrar la puerta estábamos devorándonos las bocas como si en la vida hubiéramos besado antes. Yo sentía una sensación de vértigo y quería más. Sentía eso y el pedazo de erección de mi partenaire contra mi vientre, porque todo hay que decirlo: El Petit Suisse estaba más que dotado. Y yo por dentro le daba las gracias a los dioses por lo que me iba a comer, pa qué negarlo. No hablábamos, a instantes él me separaba de su cuerpo para recorrer con la mirada el mío cubierto pero sugerente y lo que encontraba en sus ojos no podía complacerme más. Entonces volvíamos a nuestras bocas, a tocarnos mientras hasta que llegó un momento que no pudimos más y de alguna forma llegamos a la cama. Y es que en esos momentos debajo de mi tanga fluían las cataratas del Niágara.
Yo estaba más caliente que una plancha no, lo siguiente y una vez desnudos después de toqueteos varios era el momento de pasar a la acción. Y volvió a no defraudarme cuando sin mediar palabra bajó a mi sagrado templo y se entretuvo durante un rato que a mí me pareció gloria bendita y ambrosía de los dioses. Después de un par de orgasmos me dije que yo tampoco iba a quedarme si demostrar mis dotes y aquello se puso más duro, grueso y caliente que el palo de un churrero en la feria de abril. Yo ya no podía más. Quería que me empotrase y fuerte. Pero amigas, fue ponerse el preservativo y aquello se vino a pique, como el Titanic. Siendo paciente y entendiendo que el chaval estaba como un flan, me acomodé a su lado y le dije que no pasaba nada. Quedaba noche por delante y estaba dispuesta a darle tregua si lo necesitaba. Hablamos, nos reímos y fue genial. Hasta que decidió que no podía estar más tiempo sin tocarme, besarme, lamerme y dándome placer. Y así fue toda la noche, no conseguimos tener penetración, pero en el sexo ya sabemos que no todo es esto. Después de casi siete horas de devorarnos y gozar, señoras, ¡se fue de empalme a currar! Yo me había ofrecido a dejarlo dormir, a descansar, pero me decía literalmente que aquello era un sueño y que estaba loca si pensaba que iba a apartar las manos de mí un solo momento.
¿Pero qué le daban a este de comer en casa?
Deciros que días más tarde volvimos a encontrarnos y ahí, hermanas… Ahí lo monté cual amazona y él me empotró como si no hubiera un mañana, una y otra vez. Gloriosa y satisfecha, volví a casa con agujetas en todo el cuerpo, con rozaduras en las rodillas y en los codos de tanto follar, con el chochet on fire y hasta escocido de tanto refrote. Y por supuesto con la promesa por parte de ambos de volvernos a encontrar, esto no había hecho más que empezar.
Mi aventura con mi danone de limón particular continuó y dió para numerosos encuentros más. Ahora cuando voy al supermercado no puedo evitar mirar los yogures con cariño. Así que, queridas, si os apetece… ¡Comeos un yogur!
Amanda B.