Cómo el secreto de mi mejor amigo destruyó nuestra amistad

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    Amiga on #990047

    Confiaba en él como en nadie más. Daniel (nombre ficticio) y yo éramos amigos desde primaria. Habíamos crecido juntos en el mismo vecindario, compartido sueños y secretos, y enfrentado la vida de la mano.

    Nuestras familias eran amigas y siempre jugamos juntos él, mi hermana pequeña y yo. Pasaron los años y nuestra relación siguió fuerte y sana, estábamos convencidos de que íbamos a estar siempre en la vida del otro, pero me equivocaba.
    Cuando fuimos más mayores, Daniel empezó a trabajar en la empresa de su padre y enseguida tuvo un buen poder adquisitivo. A mi no me iba tan bien, pero él era muy generoso y siempre que hacíamos algún plan fuera o yo tenía un gasto que no podía asumir de golpe, él me invitaba o me dejaba el dinero.

    Vivíamos en la misma ciudad y nos veíamos mucho, así que fue la primera persona a la que acudí cuando nos sacudió el drama familiar más grande que habíamos tenido nunca: ingresaron a mi hermana por sobredosis de cocaína.

    Ni mis padres ni yo teníamos ni la menor sospecha de que mi hermana se estaba drogando. Se independizó a los 18 para ir a la universidad en la ciudad de al lado y le perdí un poco la pista, pero las veces que nos habíamos visto, todo parecía ir bien. No le vimos nada raro ni le iba mal en los estudios, nadie pensó que le pasase nada.

    Tras el susto inicial, sentimos muchísima culpa y mi padre estaba muy decepcionado. Nos había hablado mil veces de uno de sus hermanos mayores, al que no llegamos a conocer, que falleció cuando era joven por sobredosis de heroína. Aquello destruyó a la familia y les costó mucho levantar cabeza, sobre todo a su madre, nuestra abuela. Mi padre no podía entender como mi hermana estaba haciéndonos esto.
    Ella estaba muy avergonzada, nos dijo que había sido algo puntual, que había aprendido la lección y que no volvería a pasar. Pero mis padres no se quedaron tranquilos. Le exigieron volver a casa durante un tiempo para asegurarse de que estaba todo bien, ella al principio no quiso, pero tras ver lo disgustados que estaban, finalmente aceptó.

    Yo empecé a ir mucho a casa, me quedaba a comer o a cenar, charlaba mucho con ella e intenté recuperar la relación íntima que teníamos cuando éramos más pequeñas. Incluso en alguna ocasión vino Daniel e hicimos planes los tres juntos.

    Él fue mi roca, aguantó mis nervios, mi dolor, mis noches de llanto y preocupación, mis paranoias cuando mi hermana no me contestaba… No sé que hubiera hecho sin él. También se ofreció a dejarme su coche para ir a visitarla y me cuidó a los gatos. Fue un amor en todo ese proceso y se lo agradecí infinitamente.

    A las dos semanas o así, recibí unos mensajes de mis padres que me decían que sospechaban que mi hermana estaba volviendo a consumir, pero que ella estaba muy a la defensiva y no se podía hablar con ella.

    Me puse histérica, me planté en casa y tuvimos una discusión tremenda. Registré toda su habitación y no encontré nada, pero ella tenía una actitud muy sospechosa pese a que lo negaba todo. La interrogué y le pregunté quién le estaba consiguiendo la droga. Ella insistía en que no tenía droga ni estaba consumiendo, en que éramos unos locos y que dejásemos de tratarla como una niña.
    Después vinieron días muy complicados en los que incluso se escapó de casa, porque decía que ella no estaba dispuesta a vivir en una cárcel.
    Yo tuve muchísima ansiedad y con mis padres estuvimos valorando meterla en un centro de desintoxicación. Fueron días muy duros en los que no sabíamos bien como actuar y en los que Daniel apoyó a toda la familia. Hasta que me contó su secreto.

    En uno de los días que acudí a él llorando y desesperada, después de consolarme, me miró a los ojos lleno de vergüenza y me dijo que tenía que contarme algo.
    Empezó a contarme como fue su vida cuando entró a la empresa de su padre, el poco dinero que tenía y que no podía marcharse de allí para no decepcionarle. Ante esta situación, un conocido del instituto al que no veía desde hacia mucho, le introdujo en el mundo de la venta de drogas.
    Me insistió en que él no la vendía directamente, pero sí que hacía los traslados y se aseguraba de que no hubiera ningún riesgo para él o para su entorno.

    Llevaba más de seis años dedicándose a esto como segundo trabajo. Me dijo que no estaba orgulloso, pero que le daba una buena calidad de vida.
    Yo empecé a atar cabos y enseguida me di cuenta de que yo misma me había beneficiado de ese dinero, todas las veces que él me había invitado o me había prestado. Entendí también toda su implicación motivada por la culpa en todo el asunto de mi hermana.
    Se me caían las lágrimas de la rabia y solo pude preguntarle si él le estaba vendiendo la droga, a lo que se apresuró a explicarme que no, pero que seguramente sí que la había trasladado él.

    Me sentí profundamente dolida y traicionada. Él no paraba de decirme que jamás me lo había contado para protegerme, para mantenerme al margen. Y que ahora me lo contaba porque sentía mucha culpa y quería ser sincero conmigo.
    Salí de la casa mareada y sin saber qué hacer. Me pasé dos días muy triste, llorando a la mínima y sintiendo que la persona en la que más confiaba, me había estado mintiendo desde el principio y encima, había puesto medios para todo lo que le estaba pasando a mi hermana.
    Pensé en denunciarle, pero lo mucho que le quería lo hacía imposible. Tampoco se lo podía contar a nadie ni seguir como si nada. Tuve varios días de altibajos y finalmente acepté quedar con él y hablar.
    En la conversación me dijo que iba a dejarlo, que siempre pensaba que la gente que consumía droga lo hacía bajo su responsabilidad, pero que no pensaba en como eso podía afectar a sus seres queridos y que ahora que lo había visto de cerca, ya no podía seguir.
    Eso me consoló, pero no curó el dolor que me había hecho sentir ni la mentira durante tanto tiempo, aunque racionalmente entendiese el motivo. Sentía mucha rabia y traición, le pedí tiempo para procesarlo y él aceptó.
    Desde entonces, no volvimos a hablar. Al menos no como antes. Pasaron las semanas, los meses y después los años. Nos felicitábamos alguna navidad, los cumpleaños y esas cosas, pero jamás volvió a ser lo mismo.

    Perderle fue una de las cosas más duras que me ha pasado, he tenido momentos en los que le culpo por dedicarse a vender, otros en los que le culpo por habérmelo contado y otros en los que creo que debería intentar arreglar todo. Pero ninguno de esos pensamientos fue lo bastante fuerte como para hacerme decidir, así que no hice nada.

     

    Desde entonces, me cuesta confiar en las personas. Siempre pienso que tienen un secreto oculto que podría cambiarlo todo.
    Una parte de mí le echa de menos, la otra, cree que nunca llegué a conocerle de verdad.


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