Cuento esto porque me siento mal y quiero saber vuestra opinión.
Os pongo en situación. El sábado quedamos mi chico y yo a cenar con una pareja de amigos con los que hacía bastante que no coincidíamos. Nos hacía especial ilusión porque nos llevamos súper bien y había ganas de ponernos al día y pasar un buen rato.
Fuimos a cenar a un restaurante de hamburguesas cerca de casa. Teníamos reserva a las nueve de la noche. Llegamos un poco antes y empezamos tomando unas cervezas, que tuvo que ir mi chico a pedir a la barra. A ver, a este restaurante ya hemos ido varias veces. La comida está bien y la atención es correcta, pero supongo que ese día estaban desbordados de faena.
Cuando llevábamos un cuarto de hora esperando en la mesa, preguntamos si nos podían traer la carta, para ir escogiendo y poder pedir. Tardaron en traerla, pero esta vez no nos tuvimos que levantar. A las diez menos de cuarto de la noche, cuando ya estábamos a punto de irnos, vinieron a tomarnos nota de la cena. Decidimos darles un voto de confianza y aguantar.
A las once de la noche, sin que nos hayan traído siquiera las tapas que pedimos antes de las hamburguesas, nos levantamos para ir a pagar las cervezas y largarnos. De camino a la caja, nos encontramos al camarero que venía con dos de las cuatro hamburguesas que habíamos pedido. ¿Y los entrantes? Pero como eran las once de la noche y teníamos hambre (y a esas horas a ver qué encontramos por ahí), nos sentamos, a ver si se daba el milagro de que pudiésemos empezar a cenar.
Pasan quince minutos más y ahí es cuando la noche cambia por completo: no sólo no llegan las otras dos hamburguesas si no que, justo en la mesa de detrás nuestro, una niña de unos seis años se va al suelo con los ojos en blanco y empieza a convulsionar. No es que yo sea médico ni nada parecido, pero reconozco una crisis epiléptica porque una amiga de la infancia las tenía y sé lo que hay que hacer.
La madre entra en crisis y se pone a dar gritos. Entre el padre y yo aguantamos a la niña para que no se haga daño mientras dura el ataque y mi pareja llama a emergencias. Ningún trabajador del local se acerca para preguntar si necesitamos algo. Cuando pasa la crisis, la ponemos en posición de seguridad y esperamos.
Trece minutos después la ambulancia aún no ha llegado. Volvemos a llamar a emergencias para que nos den tiempo estimado de llegada, pero el padre se harta y dice que se va a buscar el coche para llevarse a la niña al hospital, aunque las indicaciones que nos han dado por teléfono es de no moverla. Nos dicen que en cuatro minutos más o menos van a llegar.
Convencemos al padre, que ya había metido a la niña en el coche, para que se espere esos cuatro minutos y que, si pasado ese tiempo, la ambulancia no aparece, que pise a fondo y que se vayan al hospital, porque el centro de salud más cercano está a unos veinte minutos.
Finalmente, a punto de pasar los cuatro minutos, aparece la ambulancia, que se hace cargo de la niña allí mismo.
Cuando estamos para entrar mi pareja y yo en el restaurante, sale la dueña con la cuenta de la familia, diciéndole a la madre que no se olviden de pagar antes de irse.
Volvemos a la mesa, donde están nuestros amigos esperándonos. Las doce menos veinte de la noche. Las otras dos hamburguesas no han aparecido. Y ni rastro de los entrantes. Pensábamos pedir que nos pusieran la comida para llevar y pagar las bebidas, pero después de ver el trato que han tenido con esa familia, nos levantamos y nos largamos. Sí, sin pagar. Después de ver eso, lo de la cena dejó de importar. Lo que vimos fue otra cosa.
Acabamos la noche comiendo kebab en casa.
Entiendo que un local puede ir desbordado, pero hay situaciones que deberían tratarse de otra manera. Y estar por encima de una cuenta.
