Mi hermana tuvo a su hija con 17 años en una situación muy complicada, padre que desapareció, sin trabajo, viviendo en casa de mis padres. Mis padres decidieron encargarse de la niña como hija suya para que mi hermana pudiera terminar sus estudios y estabilizarse sin que la situación le cerrara puertas. En aquel momento pareció una solución razonable para todos, una de esas decisiones que se toman deprisa cuando nadie sabe muy bien qué hacer y el tiempo apremia y alguien propone algo que resuelve el problema inmediato sin pensar demasiado en lo que viene después.
Mi hermana se fue a vivir fuera a los dos años, rehízo su vida, tiene pareja, trabaja, está bien. Viene en vacaciones, en navidades, trae regalos, es la hermana mayor maja que aparece de vez en cuando. La niña la quiere pero la relación es la de una tía con su sobrina porque eso es lo que cree que son.
La niña tiene ahora doce años y está empezando a hacer esas preguntas que hacen los niños de doce años sobre de dónde vienen y por qué se parecen a unas personas y no a otras y por qué sus abuelos son tan mayores comparados con los abuelos de sus amigas. Mis padres esquivan las preguntas como pueden y yo estoy ahí en medio sabiendo todo y sin poder decir nada porque hace diez años prometí que no diría nada y porque mis padres dicen que todavía no es el momento y que ya se lo dirán cuando sea mayor.

El problema es que cada año que pasa el momento se hace más difícil y la mentira más grande y la niña más lista y más capaz de hacerse daño con algo que se ha ido construyendo durante doce años sin contar con ella.
Yo no soy su madre ni soy quién para tomar esa decisión. Pero soy la única que está aquí cada día viéndola crecer y sabiendo lo que sé y cargando con eso sola mientras ella le pregunta a mi madre por qué tiene los ojos iguales que mi hermana.
No sé cuánto tiempo más puedo seguir así.