Volviendo a recordar aquél momento en el que tomé la decisión de estudiar -pero estudiar en serio- siguen viniendo a mi memoria las primeras frases que escuché de la persona con la que compartía mi vida: «tener una carrera no vale para nada», «con dos manos es suficiente para trabajar», «Tú verás de dónde sacas el tiempo para encargarte de la casa, la comida, la compra…la familia». Muy probablemente, en su reducido cerebro, tenga razón. Una carrera no te asegura un puesto de trabajo. No me ha faltado curro desde que terminé la formación profesional. Y ahora, no tengo tiempo.
Más tarde descubrí que aquellas frases tan realistas eran fruto de su inseguridad y su miedo. Miedo a que yo pudiese destacar más que él, a sobresalir, a realizarme y motivarme, a no tener límites.
Mi primera nota de la facultad. Un notable.
Su inseguridad, sus miedos, su propio complejo es lo que me ha hecho fuerte y constante. No sé cómo me irá el resto de la carrera, pero tengo ganas, y lo que es más importante: he descubierto que SÍ que puedo.