Cuando mi bebé estuvo en la UCIN durante el verano, aprendí algo que nunca quise aprender: quiénes estaban y quiénes no.
Durante tres meses de hospital y cinco meses de vida de mi hija, nadie preguntó. Nadie llamó. Nadie habló.
El silencio fue total.
No pedía soluciones, ni visitas, ni grandes gestos. Solo presencia. Un “¿cómo estás?”, un “estoy aquí”, cualquier señal de humanidad.
No llegó.
Ahora, cuando ya pasó lo peor, cuando sobrevivimos, cuando el dolor se transformó en cicatriz, aparecen.
Aparecen en Navidad.
Aparecen tocando mi puerta como si el tiempo no hubiera pasado.
Aparecen ofreciendo ayuda que nunca existió cuando realmente la necesitaba.
Una persona se presentó en mi casa pretendiendo subir, cuando en toda la vida de mi hija jamás preguntó por ella.
Otra me escribió diciendo que “si los necesito, están”, cuando nunca estuvieron.
Ya dije que no quería saber nada más después de todo lo que no hicieron.
Y aun así insisten.
Y duele.
Duele porque cada intento de acercamiento me recuerda la soledad de aquellos días.
Duele porque no es olvido, es una herida que todavía siente.
Duele porque llegan tarde, cuando yo ya aprendí a sostenerme sola.
No es castigo.
No es rencor.
Es protección.
Porque quien no estuvo en la tormenta, no puede exigir un lugar cuando sale el sol.
Pero ya no sé como decirlo o qué hacer para que PAREN, ¿que harías tú?
