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Hay momentos en la vida de una madre que nunca se olvidan: la primera sonrisa, las primeras palabras, el primer día que la peque duerme la noche entera del tirón… y claro, el día que te devuelven a tu hija con pendientes puestos a traición.
Os voy a contar esta preciosa anécdota que acaba con las orejas de mi niña agujereadas y encima yo tachada de exagerada por enfadarme.
Desde que estaba embarazada y supimos que era niña, mi marido y yo tuvimos claras muchas cosas: el nombre de la niña, que de siempre nos había gustado Violeta, que no le haríamos pendientes y que tampoco la vestiríamos de rosa porque es un color que odiamos y porque huimos de todos esos convencionalismos sociales.

Pues mi querida suegra, desde el principio quejándose: que vaya nombre habíamos elegido, que había nombres mucho más bonitos, que si no le íbamos a poner pendientes ni a vestirla de rosa la gente la iba a confundir con un niño, y más cosas que no os cuento para no aburriros.
El nombre lo aceptó, pero recién nacida la niña nos regaló un trajecito rosa y unos pendientes “por si cambiábamos de idea” decía. El traje al final se lo pusimos por darle el gusto, pero los pendientes le dije que nos devolviera, que a la niña no se le iban a hacer agujeros en las orejas.
He de reconocer que de nunca he tenido buena relación con la familia de mi marido. Relación cordial y ya. Desde que nació Violeta si que íbamos más a su casa para que vieran a la niña, pero el trato conmigo seguía siendo distante.
Cuando la niña tenía 8 meses, mi abuela falleció. Mi marido quiso acompañarme al tanatorio para estar conmigo. No nos pareció un lugar adecuado para ir con un bebé y puesto que toda mi familia estaba allí, tuvimos que dejar a la peque con mis suegros. No me hizo mucha gracia, porque no me fiaba de ellos, pero no tuve otra opción. Quería estar con mi madre en esos momentos duros para ella.
Se quedaron con Violeta una noche, lo justo para nosotros ir al tanatorio y al día siguiente al entierro. Yo estuve todo el tiempo con un nudo en el estómago y un mal presentimiento, y resulta que no me equivoqué.
Cuando fuimos a casa de mis suegros a recoger a la niña, ni siquiera me di cuenta de inmediato. Estaba cansada, triste, con ganas de volver a mi casa, y ahí estaba mi suegra con su sonrisa, mirándome, con una cara muy rara. Fue entonces cuando lo vi: dos pequeños pendientes brillaban en las orejitas de mi bebé.

Me quedé en shock. Mi cara debía de ser un poema porque si aún yo decirle nada me suelta:
“¡Es que a mí me hacía mucha ilusión que algún día llevara los pendientes que le regalé y no pudimos resistirnos! Se los hemos hecho en la farmacia de la esquina”. Y remató: “no te enfadas, ¿verdad?”
¿Enfadarme? No, enfadada no. ¡Quería matarla! Mi reacción no fue precisamente zen. Le grité que cómo había tenido la poca vergüenza de pasarse por el forro una decisión que habíamos tomado su hijo y yo. Que no tenían derecho a hacer algo así sin consultarnos. ¿La respuesta? Unos cuantos ojos en blanco, un “¡Ay hija, pero qué exagerada eres!” y, para rematar, un “es que en nuestra época a las niñas se les ponían pendientes desde recién nacidas”.
Cogí a mi hija y salí de allí porque si me quedaba un segundo más le iba a partir la cara a esa señora. Así que me contuve como pude y nos fuimos.

Ya en el coche, mi marido intentó calmarme, me dijo que no pasaba nada, que se le quitaban los pendientes a la niña y se cerraría el agujero rápido. Pero no era ese el problema: sus padres nos la habían jugado a traición.
Al día siguiente no os penséis que nos llamaron para disculparse. Mi suegra llamó a mi marido, pero para calentarle la cabeza, que cómo podía ser que yo me hubiera enfadado tanto por una cosa tan pequeña. Porque para ella, parece que perforarle las orejas a un bebé es lo más natural del mundo, y que yo, la madre de la criatura, estoy siendo una exagerada.
Estuvimos muchos meses sin volver a casa de mis suegros. Para el primer cumpleaños de la niña, se empeñaron en venir a casa, yo acepté a regañadientes y aquí estuvieron, pero no les dirigí la palabra. Ahora mismo ven a su nieta una vez al mes, porque mi marido se la lleva a su casa, yo no voy. Pero le he pedido que no deje a la niña a solas con ellos en ningún momento.
