Siempre había tenido parejas bastante egoístas que solo pensaban en sí mismos. Había deseado, desde hacía mucho tiempo, tener una pareja que estuviera por mí, que me cuidara y que me quisiera de verdad. Cuando conocí a Ismael me enamoró todo de él. Además, así como fuimos afianzando nuestra relación, me di cuenta de que era diferente a los demás hombres con los que había estado, siempre estaba pendiente de mí y de mis cosas, se acordaba si tenía médico o me escribía para saber si había llegado bien a casa. Tenía detalles que siempre me habían faltado en mis anteriores relaciones. Pero es cierto que hay que tener cuidado con lo que uno desea porque el universo puede dártelo en exceso.
Ismael no cambió, es decir, no es que al principio fuera de una forma determinada y luego dejara de serlo o al revés, simplemente la que cambié fui yo. Creo que tenía tanta sed de sentirme cuidada que cuando Ismael empezó a ser protector conmigo no lo vi una bandera roja, sino todo lo contrario. Poco a poco me fui dando cuenta de que el comportamiento de Ismael conmigo no era el típico de una pareja, sino más bien el de un padre sobreprotector. Yo soy una mujer muy independiente, llevo viviendo sola desde muy joven y estoy acostumbrada a hacer las cosas a mi manera y a cuidar de mí misma. Supongo que por eso siempre busqué una pareja que también me cuidara porque llevaba demasiado tiempo sin que nadie lo hiciera, pero Ismael empezó a cuidarme demasiado. No sé si la expresión sería cuidarme demasiado porque supongo que nunca nadie se puede sentir demasiado cuidado, pero sí que esa forma de protegerme me hacía sentir inválida o pequeña.
Fuimos a vivir juntos, puedo decir que siempre fue una pareja maravillosa, y no tuve nada que reprocharle aparte de ese agobio por su protección. Todo podría haberse solucionado si él hubiera hecho algo para cambiarlo, pero decía que yo lo veía así porque estaba acostumbrada a cuidar de mí misma de manera independiente y que ahora me agobiaba que otra persona lo hiciera. Llegué a dudar si era eso lo que me pasaba, pensé que tenía la suerte de tener una pareja que estaba por mí al cien por cien y que no iba a dejarla por ese pequeño defecto. Pero al tiempo me di cuenta de que para mí ese no era un pequeño defecto, sino algo que me hacía sentir ahogada, controlada y dependiente.
Sé que jamás lo hizo por control, sé que realmente esa era su forma de cuidar de la persona a quien amaba, pero yo no podía dejar de sentirme agobiada. Si me iba con el coche y calculaba que había pasado más tiempo del que debía pasar hasta llegar a casa, me llamaba pensando que me podía haber pasado algo. Si salíamos a la calle y pensaba que no me había abrigado suficiente, me lo decía e insistía hasta que acababa abrigándome más. Si iba por la calle sola por la noche quería que le llamara mientras andaba para asegurarse de que estaba bien. Me cocinaba porque decía que no comía bien y que eso me podía causar problemas de salud. Me trataba como un padre puede tratar a su hija pequeña, pero no como una pareja debe tratar a su mujer ya adulta. Esto son solo unos pocos ejemplos de lo que él hacía por mí. De verdad, quiero que quede claro que en ningún momento intentaba imponer su criterio, controlarme o hacerme sentir mal, pero al final eso era lo que conseguía.
Me hizo sentir como si yo no fuese suficientemente adulta y válida para cuidar de mí misma y como si lo necesitara a él para todo. Siempre había querido un hombre a mi lado que estuviera conmigo pendiente de mí, pero no había pensado nunca que un extremo así podría llegar a molestarme tanto hasta el punto de enfadarme cada vez que él se preocupaba por mí.
Le pedí muchas veces que cambiara, que dejara de darme consejos no pedidos, de abrigarme, de llamarme para hacerme sentir segura, de cocinarme, de ayudarme hasta el punto de hacer mis cosas él mismo, pero decía que lo hacía porque me quería y que no sabía cambiarlo.
Me dolió en el alma porque Ismael ha sido la pareja más buena que he tenido nunca, pero acabé mi relación harta de su protección. Yo no quiero un padre, solo quiero un compañero que camine junto a mí, pero que también se preocupe de mi felicidad escuchando aquello que yo necesito sin imponer lo que él cree que es lo mejor.
