Era lo que tocaba. Divorcio, custodia compartida semanal. Más sola que la una. Con 38 añazos y, de repente, soltera y sin responsabilidades de niños en semanas alternas, descubro que los días son muy largos y las noches muy frías. Pero también descubro que esto de las relaciones ya no tiene nada que ver con lo que era.
Conocí al padre de mis hijos cuando estaba en la universidad. En un pub que frecuentábamos en la época. Anacrónico, ¿verdad? No hace mucho, fui a tomar una copa con una amiga después de cenar. Nadie levanta la vista de su móvil. Nadie habla con nadie. Nadie se acerca a nadie, y menos los de nuestra edad.
Total, que entre el enfado, el despecho y el aburrimiento, decidí instalarme Tinder. No voy a contar lo que me encontré por allí, que ya lo sabe todo el mundo. Pero también me encontré compañeros de trabajo felizmente casados. Yo no estaba preparada para eso.
Pero adelante, ya que estamos, ahí vamos.
Lo mejor que puedo decir es que estuve ocupada y entretenida rebuscando en un catálogo con más filtros y mentiras que los de First Dates. Tras unos cuantos match de los que me arrepentí a los cinco minutos, y una sensación de ser un kilo de filetes expuesto en una carnicería, mientras mi autoestima se rompía por todas partes, finalmente decidí desinstalar Tinder.
Al principio sentí fracaso, para qué negarlo. Pero poco a poco esa sensación fue sustituyéndose por calma. Sin darme cuenta, Tinder me generaba ansiedad:
¿Quién sería el tío?
¿Cómo sería?
¿En qué habría mentido?
¿Qué pensaría de mí?
Me hacía sentir insegura e insuficiente. Y creo que es un precio demasiado alto por un folleteo sin garantía de que sea bueno. Hasta aquí. No estaba dispuesta a destruir algo que me costó mucho tiempo construir: yo.
Mi tía Laura, de 70 años, sin pareja ni hijos, siempre está súper ocupada; con planes, iniciativas, vida social… No tengo su energía, no me veo metida en mil movidas, pero podía pedirle que me incluyera en alguno de sus planes. Pensado y hecho.
Así es como me vi metida de cabeza en una protectora, de voluntaria. Yo, que en mi vida he tenido perro, ni gato, ni siquiera un triste pez naranja. Mi tía dijo que daba igual, que aunque no tuviera ni idea de perretes, podía fregar, transportar, arreglar cosas, gestionar papeles, hacer publicaciones… vamos, que hay trabajo para aburrir.
Aún recuerdo mi primer día allí… creí que no aguantaba ni media hora. Mi tía, la muy listilla, me dijo que echara un vistazo por las instalaciones mientras ella hacía un nosequé.
Uff…
Pero al volver a casa ya no podía quitarme de la cabeza a algunos de los perrillos y sus historias.
¿Estarían sus anteriores dueños en Tinder?
Las siguientes semanas estuve súper ocupada con las tareas de la protectora. Mi actividad favorita era los sábados, cuando los voluntarios sacábamos a pasear a los perritos, como si fueran de familias. Yo ya tenía mi peludo favorito. Y había decidido adoptarlo. Un abuelete al que habían abandonado porque ya no era divertido y a menudo se ponía malito.
En una de esas visitas al veterinario conocí a Toño; él también llevaba a su perrita, que era vieja y estaba bastante enferma. La tenía en custodia compartida con su ex. Y esa semana le tocaba a él.
El resto os lo imagináis: Toño y yo compartimos casa (y cama) con un perrete abuelo y una abuela en semanas alternas.
Tendría Toño un perfil en Tinder?
Aún no lo he preguntado.
