Voy a empezar esta historia diciendo que tengo ovario poliquístico que, por cierto, me lo diagnosticaron sin demasiado tacto: fui al médico porque mi regla desaparecía en otoño e invierno y solo era regular en verano (para joderme los panes de playa). Y cada vez que la tenía, sufría el pack completo de dolores de pecho, barriga, espalda y, sobre todo, duraba una semana con un sangrado súper abundante. Tras explicar esos síntomas, el ginecólogo me dijo que probablemente tenía síndrome de ovario poliquístico, pero que eso solía venir acompañado de sobrepeso (que no era mi caso), piel muy grasa, con muchos granitos (que tampoco me pasaba) y demasiado vello corporal. Pues bien, me pidió que me desnudase para hacerme, creo que fue, una citología y, ya que estaba, una exploración mamaria y, en cuanto me quité la camisa, me dijo sin un ápice de duda en la voz que sí que tenía SOP. Si había una forma más directa de hacerme sentir el eslabón perdido entre el hombre y el mono, yo no la conozco. Porque, básicamente, diagnosticó en el primer vistazo a mi entreteto peludo. Pero, en fin, salí de aquella primera consulta, aún, dando gracias por no presentar absolutamente todos los síntomas y con un diagnóstico claro que iba a requerir pastillas anticonceptivas (que, por cierto, me redujeron mucho el vello corporal pero también el pelo de la cabeza. Y hasta quince años después no me ha dado por intentar cambiar eso. Ojalá dar con un tratamiento efectivo para reavivar mi melena) y citologías cada tres años.
Avancemos, pues, a mi cuarta o quinta citología- No sé por qué problema burocrático, en vez de hacérmela en mi centro de salud habitual, me mandaron al hospital y, tras el inevitablemente largo rato en la sala de espera, entro a ver a la médica.
Cuando me tiene abierta de piernas en esa postura tan incalificable, me pregunta qué pastillas anticonceptivas estoy tomando y me dice, sin yo haberle preguntado nada, que si quiero quedarme embarazada debo hacer no sé qué leches. No presté atención porque no quiero tener hijos. Pero ella siguió: que no se me ocurriese hacer como muchas mujeres que llegan a consulta queriendo ser madres cuando ya es demasiado tarde. Pero, según me dijo, hasta que llegase el momento de querer gestar un ser humano, debía seguir tomando las pastillas anticonceptivas. Yo, que quería saber si es un tratamiento de por vida o hay que parar de vez en cuando, le pregunté qué pasaría si no quería quedarme embarazada nunca. Ya os digo que mi expectativa era una respuesta que aclarase si tenía que hacer descansos del tratamiento de vez en cuando. Pero, en lugar de eso, me contestó: pues muy mal. ¿Cómo vas a dejar a tu madre (que estaba allí en consulta conmigo) sin ser abuela?
Yo enmudecí y mi madre contestó que ella ya era abuela. Tengo un sobrino.
Esa mujer siguió con un discurso de por qué es tan importante que las mujeres seamos madre a edades tempranas. Y yo solo sabía preguntarme qué pasaría si alguien agendaba una cita con semejante espécimen de doctora, para que le practicasen un aborto, por las razones que fueran y, claramente, siempre dentro de lo estipulado por ley.
Salí de allí directa al cumpleaños de mi sobrino. Porque yo tengo pensado ver crecer a los hijos de los demás, sin traer yo a uno al mundo. Porque ser madre es una experiencia tan maravillosa como no serlo.
Quizá por las prisas de llegar a ese evento, no me paré a poner una hoja de reclamaciones, lo cual, a día de hoy, me pesa. No por mí, yo con hacerme la siguiente citología en otro sitio diferente, he tenido suficiente. Pero sí me sabe mal por aquellas mujeres que quieran ejercer el derecho al aborto, o quieran empezar algún tratamiento para ser madres, siendo lo que esta señora considera “viejas”. Ojalá no den con una médica como ella.
Y yo no voy a ser madre, porque no me sale del coño.