Pareciera que, a estas alturas de la vida, la gente ya tiene claro que NO se opina de los cuerpos ajenos. Mi hermana, por ejemplo, es madre y está enseñando a mi sobrino a respetar eso. Cada vez que el niño dice algo sobre el cuerpo de alguien, se le corrige. Por ejemplo, hace unos días me llamó gorda (venía a cuento porque estábamos hablando de la necesidad de ir al gimnasio y cuidarse, no es que lo diga fuera de contexto) y, aunque yo no me enfadé porque es cierto que estoy gorda, su madre le volvió a decir que no se opina de los cuerpos de los demás. Y yo recordé que él está aprendiendo algo que muchos adultos no tienen claro.
Precisamente, cuando mi sobrino nació, una amiga de la familia dijo de él que era guapo “para ser un niño”. ¿Disculpa? Recién nacido y ya está recibiendo adjetivos sobre su apariencia que, por lo visto, era demasiado bonita para ser alguien con pene. ¿Solo podemos ser bonitas las mujeres? ¿ahora resulta que no hay hombres guapos? ¿o es que a los hombres se les tiene que alabar algo relacionado con su personalidad, pero no con su físico? Y entonces…¿Por qué sí que se puede opinar del cuerpo de las mujeres? Pronto empezamos, que os recuerdo que mi sobrino era un bebé recién nacido. Pero es que, luego, cuando las personas vamos creciendo y experimentando cambios en nuestro cuerpo, la cosa se pone peor.
Tengo un par de amigos, sí, amigos hombres, que tuvieron que trabajarse traumas con su cuerpo porque, en la adolescencia, a uno de ellos le decían que “tenía un alienígena dentro” por estar demasiado delgado y, a otro, por ser demasiado alto, siempre le recomendaban apuntarse a jugar baloncesto. Señores, estamos de acuerdo en que, para jugar profesionalmente a ese deporte, hay que ser alto.
Pero no todos los altos tienen que, automáticamente y por el hecho de serlo, jugar al baloncesto, que parece que, por tener un determinado cuerpo, hay que cumplir un determinado rol. Eso respecto a los hombres. Pero ya si empiezo a hablar de los comentarios que sufrimos las mujeres, no acabo. Y no voy a hablar de mis amigas que están, objetivamente, gordas. Ellas, por supuesto, aguantan opiniones y miradas de fastidio como si tuvieran que ir pidiendo perdón por existir. Y no deberíamos normalizar eso. Pero ni siquiera las que tenemos cuerpos normativos, nos libramos del juicio ajeno.
Yo, por ejemplo, no soy una experta en nutrición, ni dietética, ni me ha interesado nunca saber cuánto debería pesar según mi altura. Pero el otro día, un gurú de la salud de estos de tiktok, me dijo que, con mi 1’63 de altura, tenía que perder veinticinco kilos.
Yo me niego a intentar volver a un peso que solo conseguí una época en la que me estaba muriendo de la ansiedad. Pero bueno, esto eran comentarios de profesionales (estoy suponiendo que el tiktoker tenía algún tipo de estudios). Lo que no tiene ningún tipo de sentido es lo que le pasó a mi amiga Auxiliadora: un señor en una parada del autobús, un perfecto desconocido, le dijo que, a su edad (¿cómo sabía ese ser cuántos años tenía mi amiga? Es un misterio) ya tenía que empezar a cuidarse la piel. Urge que empecemos a dar contestaciones bordes, a la altura de las circunstancias. O incluso a cortar relaciones, como hizo Auxi cuando su novio le recomendó ir al gimnasio todos los días, en lugar de dos veces por semana como ella ya estaba haciendo. Porque, por lo visto, no solo importa hacer deporte por salud, hay que verse de una determinada manera. E insisto, todo este post refleja la vida de individuos con cuerpos normativos. No me gustaría estar en la piel de personas sanas, cuyos cuerpos ocupan más espacio, o menos, del socialmente aceptado.
