Pero todo este tema me ha removido muchísimo por una cosa que sí que me parece universal: el dinero en las familias.
Porque una puede pensar que conoce a su padre, a su madre, a sus hermanos, a sus primos. Que sabe quién es generoso, quién es interesado, quién es frío, quién es de fiar. Pero luego aparece una herencia, una empresa, un piso en la playa o incluso cuatro duros mal contados y de repente sale una versión de la gente que no habías visto jamás. Y no hace falta ser la familia de Mango ni tener millones en cuentas suizas. En mi familia casi acabamos a hostias por el piso de mi abuela. Un piso viejo, sin ascensor, en un barrio normalísimo. Mi abuela aún estaba viva y ya había conversaciones en voz baja sobre a quién le correspondería más porque uno la llevaba al médico, otra vivía más cerca, otro tenía hijos y lo necesitaba más. Mi abuela sentada en el sillón viendo Sálvame y los hijos prácticamente haciendo cuentas sobre sus muebles.
Porque siempre nos venden la familia como ese lugar sagrado donde el amor está por encima de todo. Pero luego llega el dinero y parece que se levanta una baldosa del suelo y salen todas las cucarachas.
Yo tengo una amiga que dejó de hablarse con su hermana por una plaza de garaje heredada. Otra que cuidó a su madre durante ocho años y cuando murió aparecieron los demás con una carpeta llena de papeles y cero vergüenza. Por eso cuando veo estos casos de familias poderosas con empresas enormes, patrimonio, abogados, fundaciones, testamentos y millones de por medio, pienso: si por un piso de 80 metros la gente se destroza viva qué no pasará cuando hablamos de imperios.
Qué horror todo.
A veces pienso que las herencias son como una autopsia familiar. No solo reparten bienes. También enseñan quién estaba dolido, quién se sentía apartado, quién llevaba años fingiendo y quién quería a sus padres de verdad o solo quería lo que dejaban.
Y me da un miedo terrible. Porque todos pensamos que en nuestra familia eso no pasaría hasta que pasa.
