Su madre murió hace dos meses y el duelo es suyo y lo respeto completamente y no voy a decir nada que no sea que le quiero y que estoy aquí y que lo que necesite. Eso primero y eso por encima de todo.
Pero la urna está encima de la tele. En el salón. Donde cenamos, donde vemos series, donde recibimos a la gente, donde mi hija de seis años hace los deberes en la mesita de delante y me ha preguntado dos veces qué es ese bote y yo le he dado respuestas cada vez más elaboradas que no sé hasta cuándo voy a poder sostener.
No soy una persona especialmente supersticiosa ni tengo un problema con la muerte. El problema es muy concreto y es que hay un sitio específico en mi casa donde están los restos de una persona y ese sitio es encima de mi televisión y cada vez que me siento en el sofá a ver algo tengo una cosa rara que no sé cómo describir mejor que como una cosa rara.

Se lo he intentado insinuar una vez, muy suavemente, diciéndole que si había pensado en algún sitio especial para colocarla, un rincón más recogido, su cuarto, cualquier cosa. Me dijo que le gustaba tenerla cerca, que así sentía que ella seguía en casa, y yo asentí porque qué iba a decir.
No quiero quitarle su manera de llevar el duelo. No quiero ser la mujer que le dice a su marido dónde puede o no puede poner a su madre muerta. Pero también vivo en esta casa y hay algo que me genera cada vez que entro en el salón y que no sé cuánto tiempo más voy a poder ignorar.
No sé si soy una exagerada o si es algo razonable que no sé cómo plantear sin que suene a lo que no es.