Si hay algo que me caracterice desde que era bien pequeña, es mi pasión por vivir en las nubes.
Cuando iba a primaria siempre soñaba con que, cuando fuera mayor, encontraría a mi príncipe azul, con su castillo y todo. Por aquel entonces, el comportamiento de los niños, ya hacia presagiar que estaba equivocada.
Entonces llegó la adolescencia y el príncipe se convirtió en un chico malo, con su moto de 50 y su paquete de malboro. De esos que te llevan a comer pipas mientras haces botellón. De esos que te suben en su moto y de pronto ya eres guay. Lo que viene siendo un drama adolescente.
Con el paso de los años, y después de besar muchos sapos y que ninguno fuera príncipe, el chico malo se fue. Aunque antes, por supuesto, me rompió el corazón.
Llegó entonces el veinteañero comprometido, amante del rock y de la canción protesta, con ese punto de rebeldía y esa palabrería culta. Con esa pasión por la cerveza y las conversaciones cultivadas. Un cóctel explosivo para mi cerebro y también para mis más bajos instintos. Sobra decir, que también me rompió el corazón.
Recompuestos los pedazos y creyéndose una con la lección aprendida, aparece la madurez. Ese hombre que ronda la treintena, que ya tiene su trabajo, que ha sufrido por amor. Estás convencida que es el definitivo. Sin embargo, tampoco lo es y una vez más se deshace en mil pedazos el corazón. Pero esta vez no ha sido él, si no tu, que comprendes que has dejado de sentir y eso es inconcebible para alguien como tú.
Cuando eres una romántica empedernida te enamoras de la idea del amor. De las mariposas en el estómago. De la sensación de volar. De no caer nunca en la rutina. De creerse invencible. De hacer posible lo imposible.
Son malos tiempos para nosotros. Los soñadores, los que vivimos en las nubes, los inconformistas, los que no tenemos filtro y jamás pisamos el freno cuando de amor se trata.
En una época en la que el sexo está a un solo click y las relaciones terminan con un bloqueo en WhatsApp, somos la resistencia.
Sin embargo, pienso seguir buscando el amor, allá donde quiera que esté. Pues nada nos hace más libres que él.
Como diría Robe: «Ama, ama y ensancha el alma».