Llevaba dos días sin notar los movimientos del bebé y encima había empezado a manchar así que fui a que me viera la matrona, que lleva todo mi embarazo conmigo y que en diecisiete semanas jamás ha hecho ningún comentario sobre mi peso porque hace su trabajo y punto. La matrona intentó encontrar el latido con el doppler y no lo encontró y me mandó corriendo a la tocóloga para que hiciera una ecografía y confirmara que todo estaba bien.
Ya imagináis cómo iba yo de camino a esa consulta.
La primera frase que me dijo cuando entré fue que «estando tan gorda como nadie iba a oír nada». Eso fue lo primero. Sin hola, sin cómo estás, sin ningún reconocimiento de que acababa de llegar aterrada porque no habían encontrado el latido de mi hijo. Su segundo comentario, mientras hacía la ecografía, fue que «con tanta grasa y tanto exceso no sé cómo está ahí».

Está ahí. Está perfecto. Latido fuerte, bien colocado, todo correcto.
Pero yo tardé horas en dejar de temblar y no era por el susto del latido sino por lo otro, por haber entrado en esa consulta en el peor momento de mi embarazo hasta ahora y haber recibido eso en vez de lo único que necesitaba que era que alguien me dijera que mi hijo estaba bien.
Empecé este embarazo con sobrepeso, lo sé, nadie me lo tiene que decir porque lo sé. En diecisiete semanas no he cogido ni un gramo, no tengo diabetes gestacional, no tengo ninguna complicación, mi embarazo va bien por mucho que a esa mujer le cueste verlo más allá de mis kilos. Y aun así lo único que importa en esa consulta es lo gorda que estoy.
Me gustaría que esto cambiara. No para mí que ya ha pasado sino para la siguiente que entre por esa puerta asustada y no merezca salir sintiéndose peor de lo que entró.