Texto enviado por seguidora a [email protected]
Para algunas cosas, las nuevas tecnologías son una mierda. Y, la más peligrosa, son los chats del cole. No sabes lo duro que puede ser hasta que tienes a un hijo en edad escolar y empiezas a sufrir desde el primer día.
Te meten en un grupo y todos tenemos que saludar como en Alcohólicos Anónimos: “Soy Sonia, la madre de Pablo”. Y empiezan a llegar treinta mensajes de “¡Bienvenida!”. Luego va Pedro, el padre de Ainara y otros chorrocientos mensajes de bienvenida. Y así un montón de veces. ¡Qué suplicio!
Yo intenté manterme al margen del grupo, pero me resultó imposible. El primer curso se utilizaba para cumpleaños, quedadas en el parque y el regalo de final de curso de la profe (¿todos los años hay que hacer regalos conjuntos?). La profe, por desgracia, tiene un trato bastante brusco con los padres y con los niños sigue un régimen espartano. Así que, con su regalo, empezaron los problemas…
Algunos querían regalarle una Wonderbox para que se fuera a pasar un fin de semana por ahí con su marido. Fui la primera en alzar la voz: una cosa era un detalle de los niños y otra pagarle un puente en un Parador. Menos mal, porque muchos estuvieron de acuerdo. El regalo fue una taza con el nombre de los niños escrito por ellos y una caja de bombones.
Este segundo curso, ¡Dios mío lo que me queda por sufrir!, la dinámica ha sido la misma. Sin embargo, ha habido un hecho que ha desencadenado una guerra: en una de las reuniones de trimestre, evidenciamos nuestro malestar porque la profesora les ponía dibujos animados. Sé que es una práctica habitual, pero es innecesaria y, sobre todo, perjudicial. La profesora, prehistórica, se puso a la defensiva. Fue un momento muy desagradable. Sin embargo, dejó de hacerlo. Eso sí, sin mirarnos a la cara cuando dejamos a nuestros hijos en el cole y negándonos el saludo. Una rabieta de niña en una señora a puntito de jubilarse.
Entonces, varios padres, decidimos escribir una carta a la Dirección para erradicar esta práctica que, repito, está muy extendida. ¡Ay, si lo llego a saber!
Versión final de la carta. Escrito cordial en el chat de grupo para que, quien quiera firme. Mutis por el foro. Insistimos en la importancia del asunto. Unos dicen que firman y otros que es muy brusca. Libertad de opiniones. Otros, siguen con el mutis. Y llega el padre yoísta (el de yo… yo… yo…), perfecto, políticamente tan correcto que resulta pelota y suelta su discurso. Ok. Haz tu propuesta. Pero su propuesta no llega: llega el silencio. Ok. Hacemos una segunda propuesta. Mutis por el foro. Al yoísta le parece bien que recapacitemos y hayamos tomado su sugerencia en serio. Yo, yo, yo… Señores, esto no es una lucha de egos: es una lucha por los niños.
Claro, las cosas no quedan así. Somos adultos. Ahora te miro mal (¿en serio?), ahora no invito a tu hijo al cumple del mío y ahora pongo a echar pestes. Muchos padres a favor, algunos en contra y otros que no sabemos si es que están en el chat sólo para ver el partido de tenis entre unos y otros.
Los chats son una verdadera locura. Deberíamos plantearnos hacer todo como antes: a la salida se decía si íbamos al parque, se entregaban las invitaciones a los cumples y, como en todo, había amistades y enemistades, pero estas no se azuzaban por medios digitales.
Sí, esto me podía haber llevado a terapia. Y estoy segura de que hay padres a los que les afecta de verdad. Y es lógico: nuestros hijos son lo más importante para nosotros. Deberíamos de dejar nuestras individualidades, egos y sabelotodismos y empezar a saber dialogar, discutir y debatir sin rencillas. Una mierda, los chats de padres son una mierda…
