Supongo que este post es un homenaje a mi abuelo. Fue un hombre magnífico y merece ser recordado. Tal vez no a él directamente, porque falleció hace nueve años con 101, pero sí su vida.
Nació en una aldea de montaña aislada. La carretera más cercana estaba a una hora a pie y el pueblo más próximo, a dos. Solo había un camino forestal por el que a veces apenas pasaba un carro, pero al menos permitía moverse y no estar completamente aislados. Creció en una familia muy pobre, en un lugar donde solo había cuatro casas unifamiliares, la iglesia, que servía de escuela, casa de encuentro, telar, almacén y lo que hiciera falta. Y el molino.
Sin electricidad, agua corriente ni comodidades, mi abuelo pasó su infancia descalzo, caminando incluso en invierno por caminos embarrados y llenos de nieve. Su primer par de zapatos lo consiguió con su primer trabajo a los 12 años. En la aldea vivían de lo que cultivaban y criaban, y si la cosecha iba mal, y los animales morían, no comían. Fue el primero en marcharse. Cuando el maestro dejó de ir y la escuela cerró, mis bisabuelos decidieron que sus hijos debían tener un futuro mejor y los enviaron a la ciudad, a casa de un familiar. Allí mi abuelo terminó sus estudios y se convirtió en aprendiz de carpintero, oficio al que se dedicó hasta su jubilación. Fue gracioso, inteligente, y muy moderno, que creía los hombres no ayudaban en casa, sólo tenían que hacer las cosas que cualquier adulto independiente haría y no un señorito con criada. Y que cuando mi primo dijo que era gay mi abuelo dijo: Lo que quieras, pero asegúrate de que sea amable, leal y le guste jugar a las cartas.
Cuando logró casarse y consiguió casa en la ciudad, trajo consigo a sus padres. Aunque volvían de vez en cuando a la aldea, cuando fueron demasiado mayores para la caminata dejaron de ir. Mi abuelo iba quizás una o dos veces al año. Me contó que la guerra destruyó el camino. Los militares robaron las piedras de los muros y del suelo para construir trincheras y edificios. Con el tiempo, el camino se volvió intransitable y las pocas familias que quedaban fueron abandonando el lugar. En los años 50, la aldea quedó completamente vacía.
Aun así, mi abuelo siguió yendo. Incluso en verano íbamos con él, aunque no era fácil llegar. Salíamos al amanecer para tener tiempo de hacer lo necesario y regresar antes del anochecer. Mi abuelo se esforzaba en mantener las casas, no solo la suya, sino todas. Pero un solo hombre, con la ayuda ocasional de sus yernos o nietos, no podía hacer mucho. Cambiaba tejas, reparaba vigas rotas, arreglaba tejados y puertas para que el agua y la nieve no terminaran llevándose lo que quedaba de su hogar.
Dejó de ir a los 85 años. El último día que estuvo allí supo que no volvería y nos hizo prometer a sus nietos que no dejaríamos que la aldea se viniera abajo.
Durante años, mis abuelos ofrecieron la casa a mis tíos y a mi madre, pero vivir en una casa sin servicios básicos en pleno siglo XXI no les llamaba la atención. Cuando mi abuelo falleció, fui la única que siguió yendo. Siempre me había enamorado ese sitio: rodeado de bosque autóctono, con un río, en plena montaña, donde solo se oyen los pájaros… Pero reconozco que no es un lugar fácil para vivir.
Cuando conocí a mi marido, en nuestra segunda cita lo llevé allí y pensé: «Si este chico me sigue hasta el culo del mundo, merece la pena». Fuimos los únicos que seguimos yendo y los únicos que vimos cómo la aldea se desmoronaba.
A medida que los nietos fueron independizándose, mi abuela empezó a regalar la casa con la esperanza de que alguno la quisiera para vivir. Todos dijeron que no. Pero cuando mi abuela nos la ofreció, decidimos que valía la pena el esfuerzo. Lo pensamos muchísimo, porque había que rehabilitar la casa y no tenía electricidad, baños ni agua corriente. Pero lo más difícil no era la obra, sino cómo transportar los materiales hasta allí. Aun así, nos liamos la manta a la cabeza y seguimos adelante.
En un año logramos evitar que la casa se deteriorara más y limpiamos la aldea de maleza, al menos lo suficiente para que el bosque no se la tragara. Conseguimos comprar la casa de al lado, y los herederos de otras dos nos las donaron, dijeron que nadie les daría dinero por algo así. La iglesia, simplemente nos la quedamos. Al preguntar en el ayuntamiento, nos dijeron que no constaba como propiedad de nadie y, como nosotros éramos dueños de toda la aldea y sus terrenos, también era nuestra. No entraré en detalles burocráticos, que hubo muchos, pero digamos que no es fácil empadronarse en un pueblo que existe, pero que administrativamente es un fantasma.
Todo avanzó muy lentamente hasta que ocurrió un milagro: encontramos una antigua pista forestal que conectaba con la carretera. Parecía un camino celta o romano, porque la mitad estaba empedrada. Conseguimos un permiso para despejarlo y restaurarlo. No fue barato, se comió casi todo nuestro dinero, pero logramos crear acceso.. No es enorme pero sirve para acceder con un coche normal hasta casi la casa y llevar materiales de obra.
Desde entonces, hemos reformado la casa, instalado placas solares (muchas) y una bomba que trae agua desde la fuente del pueblo. !Tenemos baño! aunque sin fosa séptica, así que usamos inodoros especiales que queman los desechos. Incluso tenemos Internet, aunque solo con una compañía. Hemos restaurado la casa manteniendo su estética tradicional: las paredes de madera, la distribución original e incluso las ventanas, salvo las que hubo que cambiar, que mandamos hacer idénticas. Y mi capricho: recuperamos el horno de piedra, la lareira y la cocina de leña (uf, costó un ojo de la cara, en serio) pero mereció la pena.
También hemos recuperado los viñedos, manzanos y la huerta y los campos de cultivo, aunque solo para consumo propio y para nuestros animales, que viven en unas cuadras de las que me siento muy orgullosa. Cuando mi abuela vino de visita, preguntó si ahí iba a hacer una sala de estar. Cuando supo que era para los caballos, dijo que vivían mejor que mis bisabuelos. Os juro que no supe si reír o llorar.
Este año hemos empezado a restaurar otra casa con la idea de convertirla en una casa rural. Las otras dos las arreglamos un poco y las vendimos, necesitan reformas serias, pero son habitables. Pronto tendremos vecinos: dos familias con hijos. Además, conseguimos que el ayuntamiento acepte rehabilitar el molino. No se puede pedir más.
La cuestión es que, ahora que hemos creado un lugar increíble, mis primos se quejan de que sea mío y lo quieren. Pero mi abuela ya los mandó callar: «Tuvisteis la oportunidad, ahora no seáis unos aprovechados».
No es fácil. Sigue siendo mucho trabajo, muchas horas, mucho dinero (mucho), y la aldea aún carece de las comodidades de la civilización. Pero, si de mí depende, pienso criar a mis hijos aquí y morir aquí. Creo que mi abuelo estaría orgulloso de mí. Te echo de menos señor de la madera. ;)
