Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
Hace unas semanas encontré cuatro pequeños gatitos huérfanos, el más grande pesaba 148 gramos.
Cabían en la palma de una mano, no tenían a su mamá y, sinceramente, no sabía si sería capaz de sacarlos adelante, estuve varias noches sin dormir, biberones cada pocas horas, masajes para que hicieran pipí y caca, pesarlos cada día, preocuparme por cada gramo, por cada diarrea, por cada vómito y celebrar cada pequeño avance como si fuera un milagro.
Poco a poco dejaron de ser cuatro bebés indefensos para convertirse en una pequeña familia.
Hudini, el aventurero, capaz de encontrar la salida de cualquier sitio.
Bin, el glotón de la casa, que nunca dice que no a un plato de comida.
Aquiles, el más curioso, siempre investigando todo lo que ocurre.
Tamarinda, la más pequeñita, que terminó convirtiéndose en la más rápida de todos.
Y, como si supieran que aquellos cuatro necesitaban una familia, Browni y Simba decidieron adoptarlos como hermanos pequeños, enseñándoles a jugar, a correr y a descubrir el mundo.
Hoy ya comen pienso, beben agua solos, usan el arenero (casi siempre ), trepan, juegan y convierten la casa en un circuito de carreras.
A veces pensamos que somos nosotros quienes salvamos a los animales. Pero la verdad es que ellos también nos salvan a nosotros.
Nos enseñan paciencia, nos arrancan sonrisas en los días difíciles y llenan la casa de vida.
Mirarlos ahora correr por todas partes hace que cada biberón, cada noche sin dormir y cada preocupación hayan merecido completamente la pena.
Porque el amor, cuando se da sin esperar nada a cambio, siempre encuentra la forma de crecer… igual que ellos.
