Casi todes hemos tenido ese primer amor, ya se real o platónico, esa sensación que se para el mundo y todo gira entorno a esa persona.
Siempre he dicho que mi marido es el amor de mi vida y no miento pero no es el único amor de mi vida, él es el tangible, el del día a día, el que me agarra fuerte para que no caiga. El otro es y será siempre mi primer amor.
A los 17 años conocí al guiri que cambiaría toda mi adolescencia, la niña fea del grupo, la gorda simpática ligó. El chico más divertido, dulce, guapo, romántico se fijó en mí, según él en la más real de todas. Pasé el mejor verano de mi vida, una relación inocente con arrumacos, besos y muchos, muchos abrazos. Terminó el verano y entre muchas lágrimas y promesas de amor eterno tuvo que marcharse pero nuestra relación continuó. Al principio por carta, continuó por mensajes con aquellos ladrillos que saco al mercado Alcatel y más tarde a través del gran descubrimiento de mi adolescencia, el messenger. Gracias a todo ese amor la niña gorda empezó a quererse, a cuidarse y a entender que uno vale lo que quiera valer. El patito feo era ahora un cisne que se comía el mundo y claro llegaron los pretendientes. Conocí al vendehumos de turno, alguien que me vendía un futuro lleno de rosas y noches de pasión, escuché los consejos de mis amigas que me recordaban lo joven que era para estar atada a una relación sin futuro y con mucho dolor lo dejé. Fui sincera se lo conté todo por mensaje y su respuesta fue: Te quiero, lo entiendo y yo jamás te olvidaré.

Seguimos hablando y viéndonos junto a toda la peña. Cuando mi historia con el vendehumos terminó sus padres habían vendido la casa de vacaciones y él había empezado una relación seria. Cuando su relación terminó, yo empecé con una pareja que me llevo a una relación tan larga como tóxica y mi primer amor y yo perdimos el contacto.
Diez años más tarde sin el tóxico de por medio descubrí el mundo de las redes sociales y retomamos el contacto, al principio con prudencia, habían pasado muchos años, él casado y con familia, con el tiempo la amistad se consolidó de nuevo, a distancia pero siempre en contacto. Nos lo contábamos todo, me animaba a volver a creer en el amor cuando le contaba que estaba quedando con el que sería mi marido y yo le daba consejos para que tuviera detalles con su mujer. Un mensaje suyo siempre era símbolo de sonrisa.
En estos últimos años nos vimos un par de veces pero el tiempo de hacer un café, un abrazo y a continuar con el viaje. A su mujer le costaba entender nuestra relación y para no perder nuestra amistad debíamos respetar sus sentimientos.
Finalmente este año y después de mucho hablarlo organizamos una quedada. Nuestros hijos ya mayores y nuestras parejas tenían que conocerse. La velada fue mágica, rememoramos viejas historias, miramos vídeos y fotos de nuestra juventud. La química entre nosotros seguía siendo la misma y lejos de molestar a nuestros cónyuges los dos entendieron el tipo de amor infantil, familiar, mágico que había entre nosotros.
Unos días más tarde recibí un mensaje: Nunca te olvidaré a lo que yo respondí con un: siempre te llevaré en mi corazón.
Yo me preguntaba ¿Cómo es posible que una persona a la que en realidad apenas conozco con la que ni siquiera he compartido lecho me llegue tan adentro? Y mi marido, el hombre más sabio que hay en este planeta me respondió: Porque no es tu amor hacía él lo que lo hace especial, es la idealización. Juntos descubristéis lo que era sentirse amado, que importábais, descubristéis las mariposas en el estómago, las primeras lágrimas por añoranza y alrededor de eso construistéis una utopia, un amor platónico, mágico que en vuestros sentimientos siempre será eterno. Y por fin puedo aceptar sin remordimientos que estoy plenamente enamorada de mi marido y de primer amor.
Gracias por dejarme abriros mi corazón.