Cuando entre en el instituto yo era la típica niña gorda que encima estaba más perdida que un pulpo en un garaje. Era nueva y no sabía muy bien cómo moverme por aquel inmenso edificio, entre tanta gente que ya se conocía, con profesores a los que no conocía de absolutamente nada. Mi forma de ser tímida tampoco ayudaba así que me pasé el primer trimestre del curso aguantando como podía y pasando los recreos completamente sola.
La única persona con la que me sentía más o menos cómoda era Carlos, nuestro profesor de gimnasia. Era un chico joven que también empezaba ese año a dar clases en el instituto. Pronto vio que yo estaba más sola que la una y un día en un recreo se acercó a mí y me preguntó qué tal estaba. Sonreía muchísimo, siempre vestía chándal y evidentemente tenía a todas mis compañeras suspirando por sus huesos. Yo todavía era demasiado niña para entender nada de eso, así que vi en Carlos a esa persona con la que me sentía cómoda de verdad. Bromeaba conmigo durante sus clases, me saludaba de una forma especial cuando nos cruzábamos por los pasillos o simplemente me miraba y me preguntaba si estaba bien. Era mi referencia en el instituto.

Nunca jamás sentí en el nada más allá de un profesor que intentaba ser amable. Era mi preferido y se veía que yo le había caído en gracia, sin más. Según pasaban los meses y el curso avanzaba yo me fui haciendo un hueco en el instituto. Tenía ya compañeras con las que charlar y de alguna forma el trato de Carlos hacia mí me hacía sentir un poco más segura de mí misma. Mis compañeras no dejaban de meterse conmigo por el hecho de que aquel profesor fuese tan bueno conmigo, o me sonriese más de lo normal. Os puedo asegurar que nunca me había planteado nada de eso, yo era demasiado infantil por aquel entonces para fijarme en algo así.
La cuestión fue que una tarde de viernes Carlos me había preguntado si podría ayudarlo a preparar el gimnasio para un campeonato de baloncesto que se iba a celebrar ese fin de semana. Yo no tenía mucho que hacer así que le dije que sí y me presenté aquella tarde en el pabellón. El instituto estaba prácticamente vacío y Carlos y yo nos pusimos a mover bancos de madera y a colocar banderas en todo el gimnasio. Él no dejaba de bromear conmigo y de vez en cuando me decía que en todos esos meses había cambiado mucho, que se me veía mucho más mujer y que eso le gustaba. Tardé mucho en darme cuenta de todas esas señales.
Hubo un momento en el que me tuve que subir a una escalera y Carlos se ofreció a sostenerla para que no se moviera demasiado. Empezó a bromear con que había un terremoto y yo empecé a gritar mientras me reía. Entonces vi como poco a poco subía algunos peldaños de la escalera para al final colocarse bien pegado a mi espalda. En un principio pareció que estaba intentando ayudarme pero al instante me di cuenta de que Carlos tenía completamente su entrepierna pegada a mis muslos. Todavía puedo sentir lo terriblemente incómoda que me sentí mientras sus brazos se encontraban sobre mi cabeza y sentía todo su cuerpo pegado a mi espalda. Le pedí que me dejase bajar pero él hizo como si no me escuchara, continuaba bromeando sobre qué pasaría si los dos nos cayésemos al suelo desde aquella escalera.
Miré abajo y vi una colchoneta que antes no estaba. Carlos empezó entonces a refrotarse contra mi cuerpo riendo como si aquello solo fuera una broma. Entonces empecé a forcejear pidiéndole que me dejara bajar los cuatro escalones que me separaban del suelo. De alguna forma no me lo permitía, él seguía riendo y moviendo la escalera cada vez más fuerte. Así hasta que logró que los dos cayésemos justo en la colchoneta. Intenté ser rápida y levantarme pero era evidente que Carlos lo tenía todo pensando. Hizo como si se hubiera caído sobre mi y hundió su cara junto a mi cuello, sentí que respiraba profundo y empecé a llorar. Le pedí que me dejara, que se quitase de encima rápido, pero él hacía fuerza con los brazos y ya había encontrado la manera de seguir frotando su entrepierna contra mí, podía sentirlo contra mi pierna.
Carlos solo me decía que era una broma, que lo estábamos pasando bien, pero yo ya lloraba de una manera incontenible. Le rogaba que me dejara irme hasta que empecé a gritar completamente descontrolada. Fue entonces cuando logré que se levantara, me miró serio, sin un ápice de sonrisa ya en su cara, y lo único que me dijo fue que era una niñata y que podía haber dejado de calentarlo durante todo el curso. Yo seguía sin entender nada, pero os puedo asegurar que me sentí como una mierda que no estaba a la altura. Me dijo que me largase y que ni se me ocurriese contar todo lo que había pasado allí. Fueron los minutos más terribles de toda mi vida. Necesité mucho tiempo y terapia para superarlo, sobre todo cuando día a día seguía viendo a aquel chico en los pasillos, el mismo que de pronto ya no me sonreía, que empezó a insultarme en clase y a tratarme como una mierda.
Han pasado ya treinta años desde aquel día y continúo pensando en lo desprotegidas que estamos las mujeres de este tipo de ataques. No fui capaz de contarlo hasta que me convertí en una mujer adulta. Por aquel entonces Carlos ya no trabajaba en aquel instituto, ni siquiera continuaba en la ciudad, y si el karma existe, espero que no se acercara a ninguna niña en su vida. Me arrepiento de no haber denunciado pero por desgracia me tocó vivirlo en una época en la que, muy probablemente, mi historia no hubiera llegado a nada, solamente a un rapapolvo por parte de mis padres por inventarme historias que no son.