Texto enviado por seguidora a [email protected]
Antes de tener hijos, las vacaciones las planeaba con ganas y con mucho tiempo. Así, he recorrido muchos países, he visitado sitios preciosos, maravillosos, exóticos… He sido mochilera y he ido a todos incluído. He disfrutado del sol y de la montaña. Y, siempre, siempre, al volver, he tenido esa sensación qué a gusto se está en casa, pero qué bonito es el mundo y cómo me gusta viajar. Hasta que han llegado mis hijos…
No soy de las que se mueren del miedo al viajar con niños, pero soy realista. Cuando tienes dos niños con menos de 4 años no tiene mucho sentido querer tener vacaciones culturales. Que sí, que no se estresen, señoras, que puedo llevar a mis hijos a un museo (y sufrir). Pero no quiero pasarme las vacaciones intentando cuadrar horarios con visitas guiadas, caminatas con carros de un lado a otro ni intentos de siestas fallidas en cochecitos. Por ahora, no estoy en ese modo.
Así que el año pasado fuimos postergando el buscar las vacaciones. ¡Error! Lo dejamos tan para otro momento, que se nos echó el tiempo encima. Los hoteles eran prohibitivos y optamos por pagar por una semana en una casa ajena más que por un mes de hipoteca. Pero bueno, es lo que hay.
Ya quedaba poco libre y buscábamos Mediterráneo. Creo que España es un lujo como destino vacacional porque tienes de todo. Así que tiramos de comodidad: playa con agua calentita y apartamento con piscina a 5 minutos de la playa. Sólo hubo dos errores, pero garrafales: mes de agosto y una pueblo turístico de Valencia.
Estoy convencida de que todos los pueblecitos del Levante son maravillosos, pero tener que pegarte por meterte en la playa no es mi idea de vacaciones. Es verdad que lo hacemos y que, en gran parte, es culpa de todos. Pero también es normal que todos queramos descansar en sitios lejos de nuestra casa. Entiendo perfectamente que los habitantes de los destinos turísticos se quejen: en el momento en el que más disfrutable es su zona, está hasta arriba de gente. Pero, en gran medida, todos conformamos el grupo de turistas. Todos queremos conocer mundo y viajar. Todos somos de un sitio que tiene su toque especial y atrae a gente: playas, museos, grandes ciudades, pequeños pueblecitos de interior…
Llegamos el primer día tras una crisis con el coche. Era ya de noche, después de muchas horas de viaje por tener que arreglar una avería en mitad del camino. Compra rápida y al apartamento.
Cosas que hay que tener en cuenta con niños y calor: que haya aire acondicionado, lavadora y un espacio para que corran. Pero fuimos tan ingenuos de pensar que con eso, era suficiente.
Cuando emocionados, se van acercando los niños a la playa ya a las once de la mañana y empezamos a ver un hormiguero humano plagado de sombrillas de colores, su emoción se convierte en nuestro agobio. ¿Dónde nos colocamos que podamos ver a los niños y nuestro despliegue?
En mi caso, el problema de tanta gente no viene como efecto colateral de la pandemia. Es más un problema intrínseco: me agobio mucho. El no poder moverme a gusto, el no tener espacio y sentir que a cada paso esto y molestando me hace sentirme como un pato mareado. Estoy incómoda y, así, es imposible disfrutar.
La verdad es que fue una suerte encontrar una calita casi vacía no muy lejos del apartamento. Por la mañana íbamos a la cala y, por la tarde, a la playa. Eso sí, ya a última hora, después de muchas horas de piscina.
Mi sensación fue mala. Nos fuimos de vacaciones para cambiar de aires y pasamos tantas horas buscando tranquilidad que el efecto fue contraproducente.
Este año me he planteado las cosas de otra forma. El hecho de volver a un sitio masificado no me apetece en absoluto. Así que hemos encontrado la opción perfecta: en febrero nos hicimos una escapada de una semana a Canarias y en verano vamos a tirar de casa rural en los Pirineos.
Es una prueba y a mí, que soy una enamorada de la playa, me va a costar no pisarla en verano. Pero ya lo he hecho y, sin duda, ha sido un gusto poder estar en Canarias con menos gente en temporada baja.
¿Volveré a un sitio masificado? Evidentemente, sí. Pero evitaré las playas en agosto. Aunque me provoca curiosidad saber si hay una mayoría como yo o si os da igual.
