No sé si soy yo que estoy especialmente intolerante últimamente o si de verdad mi amiga se ha vuelto insufrible pero necesito soltarlo porque me tiene hasta el higo.
En mi grupo de amigas hay una que es politóloga. No es Ana, ni Laura, ni la de toda la vida. Es la politóloga. El problema es que ella lo ha convertido en un comodín para ganar cualquier debate social o político que se ponga sobre la mesa.
Debate que sale debate en el que ella se coloca por encima. No discute, pontifica. No intercambia opiniones, da lecciones. Y si intentas matizar algo, automáticamente te recuerda —por si se te había olvidado— que ella es politóloga y tú no tienes ni idea.
Pesadita sí. Pero ayer fue el día que ya me hizo cortocircuitar el cerebro.
Sale el tema Trump, Maduro, Venezuela, Estados Unidos, geopolítica, el pack completo. Y claro empieza ella. Que si el contexto histórico, que si las dinámicas de poder, que si el imperialismo, que si los marcos teóricos. Hasta que en la conversación participa la novia de uno de nuestros amigos, que SORPRESA es venezolana.
Pues nada. La politóloga sabía más. Más que alguien que lo ha vivido en su piel. Que ha tenido que emigrar. Porque claro ella ha leído ha estudiado, tiene una visión global. Y la otra, bueno, la otra tiene una experiencia personal pero que eso no es lo mismo. La pobre chavala se quedó tocadísima y de hecho se fue antes.
No sé, en general estamos en un momento en el que todos nos creemos dueños de la verdad y que la nuestra es la única y yo la verdad que lo llevo fatal. Gracias por dejar que me desahogue al menos.
