Tengo estabilidad económica. Mis hijos van a un colegio privado, tenemos casa en Sanxenxo para el verano, ahorro todos los meses y no me duele gastar en un capricho si me apetece.
Y no, no voy a pedir perdón por ello. Tampoco voy fardando constantemente, pero llevo mucho tiempo sintiendo que tengo que agachar la cabeza como si fuera traficante.
Estoy harta de tener que bajar la voz cuando digo que me va bien. De disimular. De sentir que tengo que esconder mis decisiones o hacerme la humilde para no incomodar a nadie.
He trabajado, me he organizado, he tomado decisiones buenas y otras no tanto, pero aquí estoy. Y parte de lo que tengo me lo curré, y otra parte me vino de herencia. ¿Y qué?
¿O es que ahora tener suerte o haber nacido en una familia que no empezó de cero también te convierte en mala persona?
Ya no te cuento si vives de rentas. Entonces eres casi un delincuente. Poco más que te señalan con el dedo. No importa si tus padres se mataron a trabajar para dejarte algo. No importa si tú también te lo estás currando. En este país tener dinero se ve como una traición de clase.
Y no. No voy a esconderme.
Porque tener dinero no significa no tener problemas. Significa que algunos están resueltos y eso es algo que debería celebrarse, no silenciarse. Sobre todo si has llegado ahí sin pisar a nadie.
Estoy cansada de esa superioridad moral disfrazada de precariedad.
Así que no, no me avergüenzo. Ni me callo más.
Porque si lo que nos molesta es que alguien viva bien, el problema no es el dinero.
El problema es la mirada. Y LA ENVIDIA.
