Bueno pues ya está bien.
He leído esta mañana lo de la OMS y el alcohol y he tenido que dejar el móvil un momento porque si no iba a decir cosas feas. Que el alcohol es malo desde la primera copa. Que no hay cantidad segura. Que básicamente si te tomas una cerveza en una terraza un sábado de mayo ya te estás jugando la vida.
Yo entiendo la ciencia y entiendo que hay gente que tiene una relación muy mala con el alcohol y que para esas personas este tipo de mensajes son importantes. No soy idiota ni voy negando los estudios.
Pero es que yo me tomo mi vinito el viernes por la noche con mi marido, después de una semana larga. Y ese vinito me sabe a descanso, me sabe a que ya hemos llegado al fin de semana, me sabe a lujo, a VIVIR. ¿Que podría ser mi placer salir a correr? Pues sí, pero no lo es, qué le voy a hacer.
¿La sensación de placer venga de donde venga no alarga la vida? Pues si no la alarga al menos la disfruto.
Lo que me revienta no es el estudio en sí es ese tono de «cualquier placer que tengáis está matándoos» que parece que se ha instalado en todos lados. El café malo, el vino malo, el pan malo, el sol malo, el queso malo. En algún momento de los últimos años disfrutar de algo se convirtió en un acto casi irresponsable y yo ya estoy un poco harta.
Mi abuela se tomó su copita de anís toda la vida después de comer. Vivió hasta los 91 y se fue lúcida y de buen humor. Sé perfectamente que eso no es un argumento científico. Pero tampoco me vais a convencer de que esa copita fue lo que casi la mató.
Supongo que lo que me pregunto es cuándo perdimos la capacidad de gestionar nosotras mismas lo que nos hace bien y lo que no. Cuándo dejamos de ser adultas con criterio para convertirnos en pacientes permanentes que necesitan que les digan hasta cómo respirar.
Bueno, os dejo, me voy a tomar mi vinito.
