Empiezo diciendo que cada cuerpo es un mundo y que cada parto es distinto. No se pueden comparar y no es justo pensar qué es peor.
Pero al final se compara. Una cesárea es una cirugía mayor abdominal en la que se cortan siete capas. Todo el mundo asume que la recuperación es complicada. En cambio, si se piensa en un parto vaginal, se entiende que es natural y que es más sencillo. ¿Qué pasa con los desgarros y las episiotomías? Suelen ocurrir casi siempre y no son un paseo tampoco.
Tengo varias amigas que han tenido cesárea y lo contaban como el drama máximo: menos mal que estaban sus parejas para levantarse por las noches, ya que para ellas era imposible. Además, siempre daban a entender que con un parto vaginal ellas habrían estado levantándose todas las veces. Es cierto que sus partos fueron complicados, que pasaron horas intentando ponerse de parto para acabar en cesárea y que al final todo suma en el malestar posterior.
Hace unos tres años tuve a mi primer hijo. Fue una inducción que duró más de veinticuatro horas y terminó con un parto vaginal y con desgarro. A las horas me estaban levantando y llevando al baño. Y recuerdo que dolía y molestaba. No me estaba muriendo de dolor, claro que no, pero no era como si nada. En el hospital gestionaban el dolor a base de paracetamol e ibuprofeno. Y con esas indicaciones me mandaron a casa en dos días. Al llegar a casa con un bebé, todo pasa a segundo plano y lo primero es el pequeño. Siendo primerizos todo nos asustaba y nos daba miedo, te y mi cuerpo pasó a un segundo plano. A lo que hay que sumar la locura de las hormonas y las noches sin dormir. Al final parece que son días en lo que el objetivo es sobrevivir.
Hace seis meses nació mi segundo hijo. El parto se complicó y acabó en una cesárea de urgencia. Cuando me estaban cerrando surgieron más complicaciones y tardaron varias horas, y acabé en reanimación un par de horas más. Todo fue por la mañana a primera hora; esa misma tarde pregunté cuándo me podría levantar y me dijeron que después de la merienda. Y así fue: me estaban ayudando a ir al baño y animándome a dar algunos pasos. ¿Molestaba la herida? Claro que sí. ¿Que se podía soportar a base de paracetamol e ibuprofeno (como en el otro parto)? También. No tenía puntos, fue una sutura continua y solo tenía puntos de aproximación.
Llegó la noche y el debate de qué hacer: en mi cabeza estaban todas las cesáreas que había oído. Le dije a mi marido que se fuera a casa con el mayor y allí me quedé yo. No diría que sola; estaba el equipo del hospital a una llamada de botón. Me levanté todas las veces que hizo falta para atender a mi hijo y no fue ningún drama. Aunque tengo que reconocer que la segunda noche, en la que no había manera de que se durmiera, sí que tuve que pedir algo para el dolor y me animaron a meterle en la cama conmigo para no tener que levantarme tanto.
Cuando habían pasado cuarenta y ocho horas desde el nacimiento, vinieron a ver cómo estaba. Ni me miraron la cicatriz. Me dijeron que si me quería ir a casa ya, que por ellos sin problema. Así que me dieron el alta, con las mismas indicaciones de la otra vez: paracetamol e ibuprofeno. En casa, de nuevo, mi cuerpo pasó a un segundo plano. Además de un bebé, el peque de tres años reclamaba su lugar. Todavía nos centramos más en sobrevivir.
En resumen, en mi caso la diferencia entre un parto y otro no fue tan grande. No digo que sea así para todas las mujeres. Pero sí creo que algunas que pasan por una cesárea, piensan que un parto vaginal es como si nada. Y se equivocan. Igual que yo me equivoco al pensar que todos los partos son como los míos. Lo único que tengo claro es que cada uno es un mundo y puede ser cesárea o vaginal y ser un gran drama. Realmente todas nos merecemos un monumento por traer un ser humano a este mundo.
