Hola chicas.
Quiero contar algo que llevo tiempo observando en Occidente, especialmente en Europa y que, curiosamente, mucha gente parece no querer ver. No porque no ocurra, sino porque mirarlo de frente incomoda.
Soy española. Mi pareja es gambiano y arqueólogo. Siempre tuvo el sueño de recorrer Europa, conocer sus ciudades, sus pueblos, su historia “clásica”. Hace tres años decidimos hacerlo juntos: viajamos por varios países, grandes capitales y pequeños rincones. En general, el viaje fue bonito… salvo por una constante que lo atravesaba todo como un ruido de fondo: el racismo, palpable, cotidiano, agotador. Sobre todo para él.
Había escenas que se repetían. Yo me sentaba en el metro o en el autobús. Él intentaba sentarse al lado de alguien y, de repente, esa persona se levantaba y se cambiaba de sitio. O prefería hacer todo el trayecto de pie antes que sentarse junto a él. Nadie decía nada. No hacía falta. El mensaje estaba claro.
Otra vez entramos en un pub y, sin rodeos, nos dijeron que no aceptaban “gente negra” porque semanas antes “unos chicos de color habían causado problemas”. Así, en bloque. Sin nombres, sin matices, sin humanidad. El delito de unos se convertía en la condena de todos.
Y luego estaban las miradas. Esas que no gritan, pero pesan. Entrábamos en ciertos lugares y podías sentir el desprecio en el ambiente, como una niebla espesa. Yo le miraba de reojo para ver si estaba bien. Él bajaba la cabeza, sacaba el móvil, fingía que no pasaba nada. Esa estrategia de supervivencia psicológica que muchas personas racializadas aprenden demasiado pronto: hacerte pequeño para no molestar.
Hubo más situaciones. Demasiadas. Humillantes. Innecesarias. De esas que no dejan moratón visible, pero sí una grieta interna.
Cuando volvimos del viaje se lo conté a mi hermano. Mi pareja y él son mejores amigos. Se quedó en shock. No porque no me creyera, sino porque para quien nunca lo ha vivido, imaginarlo cuesta. El racismo en Europa no siempre se presenta como una agresión directa; suele disfrazarse de “malentendidos”, de “casualidades”, de “no es para tanto”.
Hace unos meses hicimos otro viaje. Esta vez por África. Varios países. Mi pareja, mi hermano y yo. Y os juro que fue una de las experiencias más enriquecedoras de mi vida. Y mi hermano piensa exactamente lo mismo. En ciudades y en pueblos, la gente era amable, curiosa, hospitalaria, abierta. No desde la condescendencia, sino desde la humanidad. Nos hablaban, nos cuidaban, nos incluían.
Y ahí fue cuando algo encajó del todo.
Al volver, entendí con más claridad la podredumbre estructural que arrastra Europa. Ese sentimiento de superioridad que muchos ni siquiera cuestionan. Ese paternalismo disfrazado de civilización. Esa manía de juzgar otras culturas desde el sofá del bienestar, desde la seguridad de sistemas que se construyeron —en gran parte— explotando a esos mismos lugares que hoy se miran por encima del hombro.
Europa se presenta como faro moral, pero le cuesta mirarse al espejo. Se indigna rápido con el racismo ajeno y guarda silencio con el propio. Se llena la boca de valores mientras normaliza la exclusión diaria. Y lo más peligroso: lo hace con buena conciencia.
Quizá el problema no sea que el racismo exista. El problema es que se ha vuelto tan cotidiano que ya no se reconoce como tal. Y mientras sigamos evitando esa conversación, seguiremos repitiendo el mismo patrón: creer que somos mejores, cuando en realidad solo somos más cómodos.
Y eso, sinceramente, dice mucho de nosotros.
