Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
Llevo dos años yendo a la misma cafetería todos los días. Mismo sitio, misma hora, mismo café con leche templada. Dos años.
La dueña no sabe cómo me llamo ni tiene nunca ningún guiño hacia mi persona.
Sin embargo sabe perfectamente cómo toma el café el señor de la mesa del fondo, sabe que la chica del miércoles quiere la tostada sin aceite, sabe que el del maletín no quiere recibo. A mí me pregunta cada vez qué voy a tomar como si fuera la primera vez que me ve.
Sé que es una tontería y que la señora tiene muchos clientes. Pero esta mañana me he dado cuenta de que esto me pasa en más sitios, que hay algo en mí que parece que no deja huella donde está. Y eso me ha generado una cosa rara que no sé muy bien cómo explicar.
Igual es de esas mañanas que una se levanta con la guardia baja y todo llega más directo.
