Este año no tengo verano.
No es que no me haya ido de viaje es que no tengo cuerpo ni ganas de pensar en vacaciones. Perdí a mi padre en abril. Un ictus en pleno desayuno y desde entonces no levanto cabeza.
Estoy trabajando como puedo, cuidando de mi madre, acompañando a mi hijo en lo que puedo, y tratando de no venirme abajo. Pero es difícil.
Y aunque suene amargo estoy hasta el moño de entrar en Instagram y ver stories de gente brindando con mojitos, contando los días para irse a Bali o enseñando bikinis nuevos
¿Sabéis qué pasa? Que no siempre hay justicia poética. Hay años que no te los mereces, pero te los comes igual. Hay veranos que no son verano.
Y no me malinterpretéis no quiero que nadie deje de disfrutar. Solo quiero que llegue septiembre, que bajéis un poco el volumen del disfrute y que pueda volver a caminar por la calle sin tener que ver en cada terraza una felicidad que ahora mismo no entiendo.
Septiembre me parece un lugar seguro. Luego veremos si lo es.
