Voy a hablar de relaciones entre hombres y mujeres. Se supone que un pilar básico para que se dé cualquier tipo de acercamiento físico entre estos dos sexos es el consentimiento. Y eso no lo discuto. A nadie le gusta recibir un beso, o una caricia, o cualquier forma de contacto, sin desearlo.
Pero a mí personalmente, y no puedo ser la única que piensa así, me baja la libido que me pidan permiso explícito para algo tan simple como un beso. De hecho, por más que me esté muriendo de ganas de comerle la boca a un señor, si este me pregunta si me puede besar, la respuesta, invariable e inevitable, es que no. Podías hasta que has preguntado, José Luis.
Es una lástima porque se me quitan las ganas de absolutamente todo, se me corta el rollo como si, de repente, hubiera recibido la noticia de que se acaba de morir un ser querido. Esto se arreglaría con algo tan fácil como saber leer las señales. Bueno, al menos a mí me parece sencillo. Y más mis señales, que con lo clarito que me expreso, me falta escribir “bésame” con uno de esos aviones que plasman mensajes en el cielo. Pero todas las mujeres tenemos experiencias en las que algún señor, o señores, ha malinterpretado una mirada, un gesto, una sonrisa amable, o cualquier otra expresión corporal nuestra, como una invitación a iniciar un acercamiento sexual. Así que no debe ser tan habitual saber leer el cuerpo de la otra persona. Eso, o que, aunque sí saben que no estamos del todo receptivas, se hacen los locos y se tiran a la piscina para ver si, una vez en faena, nos ponemos a tono, o les frenamos en seco.
La filosofía de Los Javis de “lo hacemos y ya vemos”, llevada al mundo del flirteo.
Aun así, para la mayoría de contactos y acciones, prefiero que me pidan perdón a que me pidan permiso. Pero hay que tener cuidado con esto. Porque luego está el otro extremo: hombres que no esperan consentimiento previo para realizar prácticas sexuales que, claramente, deberían conllevarlo. Estoy hablando de esas situaciones en las que estás compartiendo cama con un señor, la cosa se calienta, empezáis una relación sexual y, en plenos preliminares, cuando te está masturbando manualmente, un dedo travieso se escapa a explorar nuevos horizontes. Y aún tenemos que dar gracias a que sea un dedo. Porque también hay seres que te meten el pene sin preguntar, ni lubricar, ni dilatar, ni nada. Así, sin ningún tipo de miramiento. Suponiendo que a todas nos va a gustar. Les pasa también habitualmente con el tema de los azotes. ¿Por qué creerán que estamos siempre dispuestas a recibir una nalgada? Supongo que la respuesta es que toman el porno como ejemplo de lo que nos gusta a las mujeres. Y, en la mayoría de vídeos de ese tipo, estamos gimiendo en el primer segundo, hagan lo que hagan. Así de agradecidas suponen que somos. Así de fácil les parece que nos ponemos todas a tono. De hecho, una vez me contaron que se hizo un estudio en el que le ponían a hombres audios de gritos de mujeres, y ellos no sabían diferenciar los de dolor, de los de placer. Se ve que, en esos casos, no basta con gritar: hay que verbalizar claramente, e incluso con gestos, que no nos gusta lo que está sucediendo.
Aun así, sigo prefiriendo que se genere una situación incómoda porque tengamos que interrumpir sus avances, siempre y cuando obedezcan y nos dejen tranquilas, que la opción de que me pidan permiso para besarme. Pero lo ideal sería que diferenciaran bien las situaciones en las que sí hace falta una conversación previa, de las que no. Que a mí me parece que es de sentido común, vaya.