Llevaba unos seis meses montándomelo con un tío que me ponía como una moto. Y no es una forma de hablar, es totalmente en serio. Cada vez que le tenía encima, detrás o delante de mí el cerebro me empezaba a cortocircuitar a lo bestia. Me preguntaba qué clase de dios había decidido escuchar mis plegarias, qué había hecho en esta vida o en otras anteriores para merecerme semejante hombre. Ya no era el cuerpo, que también, era esa clase de tío que emana seguridad en sí mismo y le hace irremediable y endiabladamente atractivo.
Lo más curioso es que nos conocíamos desde hacía años, pero hasta la fecha no habíamos dado el paso. Estaba claro que nos gustábamos, pero por un motivo u otro, la vida nos había llevado por otros derroteros. Eso y que hasta hacía poco ninguno había tenido los huevos de decir en voz alta «mira, me pones más caliente que la tetera de una sorda». Con él me sentía la mujer más sexy del planeta y cada vez que estábamos juntos, me iba a casa con una buena colección de orgasmos en mi haber. El tío era el mejor amante que he tenido jamás. A pesar de que, desde el primer momento, estaba claro que aquella especie de relación era única y exclusivamente sexual, llegó un momento en el que no podía dejar de pensar en él.
Y no es que recrease en bucle cada uno de los maravillosos polvos que echábamos, que también, sino que me imaginaba a su lado en lugares y situaciones que no eran la cama. De repente pensaba cómo sería salir con él, me lo imaginaba en la salida de mi trabajo con un ramo de flores, viendo películas juntos acurrucados en el sofá mientras me acariciaba el pelo… Y me entró el pánico. Joder, estaba más que claro que lo nuestro era sólo sexo. Alguna vez traté de acercarme un poco más a él, de conocernos más allá de tres revolcones, pero mis intentos fueron en vano, el chico enseguida levantaba un muro entre los dos. Así que me guardé para mi aquellas peligrosas ensoñaciones y disfrutaba de nuestros encuentros como podía.
He de reconocer que, durante un tiempo, fui una triste migajera que se arrastraba por un poco de atención por su parte. Solía ser yo quien le escribía primero, cambiaba mis planes con las amigas cada vez que me proponía quedar, iba corriendo a donde me dijera… Hasta que un día me dije a mí misma que aquel comportamiento tan patético por mi parte tenía que cambiar y empecé a darle esquinazo, no porque no quisiera nada con él, sino por puro orgullo. Lo peor de todo es que funcionó. A los pocos días fue él quien empezó a venir detrás de mí y yo como una imbécil, creí que algún día, podríamos a llegar a tener algo.
El problema es que, uno de esos días en los que el chaval estaba más cariñoso de lo habitual, me pilló de copas con las amigas y perdí el control.
Me vine arriba y envalentonada por el alcohol, empecé a irme de la lengua. Le confesé que pensaba en él más allá del sexo, que me gustaba pensar cómo sería tenerle como pareja, que no podía sacarme su maldita cara de mi mente. Él me dijo que estaba contento con el tipo de relación que teníamos y que no quería nada más. ¿Lo dejé estar? Pues no, todo lo contrario. Con todo mi pedo, le dije que había llorado por su culpa un par de veces, que había fingido que no me importaba que me utilizara como a un agujero pero que yo sentía cosas por él, le eché en cara que no me escribiera más a menudo, que pasara de ser bastante insistente a desaparecer durante días… Vamos, que me quedé a gusto.
Su única respuesta fue un emoji con los ojos saltones, flipando, vaya. También me pidió disculpas por si alguna vez me había hecho daño, sentimentalmente hablando, pero que hasta él mismo se había dado cuenta de que todo estaba tomando un cariz muy intenso y tuvo que frenarlo. Básicamente vino a confirmarme que su único rol era darme placer y punto. Para más inri, yo me hice la ofendida por su rotundidad y le dejé en visto.
Cuando se me pasó la borrachera y leí nuestra conversación no sabía dónde meterme. Quise escribirle y explicarme pero, ¿qué más podía decir si cagarla aún más? Ahora, no
sólo he perdido la oportunidad de llegar a tener algo más serio con él, sino que he arruinado la mejor vida sexual que he tenido en toda mi vida por intensa.
