La semana pasada metí la pata pero bien y no puedo evitar sentirme fatal. Mi sobrina y yo nos llevamos poca diferencia de edad, ella tiene 15 años y yo 30, así que siempre hemos sido muy cercanas. Ella, llamémosle Sara, es una chica divertida, deportista y muy inteligente. Juega en un equipo de fútbol y saca sobresaliente en todo. Además es súper sociable y tiene un montón de amigas. Vamos, que es de estas personas que ha nacido con una flor en el culo.
Sara no tiene ningún reparo en expresar sus opiniones y hacerle frente a sus padres (mi hermano y su mujer) cuando hace falta, porque son demasiado exigentes y nunca nada les parece suficiente. Sin embargo, nosotras nos pasamos el día riendo y soltando chistes. Y de una de esas tardes tontas salió el drama.
Estaba comiendo con mi hermano, la mujer y Sara, cuando comentaron el comportamiento de otra niña de su equipo durante un partido amistoso. Mi hermano dijo que la chica era muy poco profesional porque no le pasó el balón a Sara para chutar a portería, sino que lo acaparó y falló el tiro. Yo me reí porque vi la escena y estaba claro que la chavala quería vacilar delante de Sara para impresionarla. El caso es que me giré y le pregunté: “¿Y funcionó? ¿Te gusta?”. Y ardió Troya.
Lo supe en cuanto cerré la boca. Sara se puso roja como un tomate y sus padres se rieron, incrédulos. Dijeron que a ver si ahora todos van a ser gays y que obviamente si su hija lo fuera se lo habría contado. Yo no supe qué decir y Sara tampoco.
No había que ser Einstein para darse cuenta de que su silencio era una confirmación a gritos, y mi hermano tuvo la peor reacción posible: se enfadó. Empezó a increpar a mi sobrina para que contestara, pero ella se fue sin mediar palabra. Desde entonces no contesta al WhatsApp ni a mis llamadas y me siento horrible. Yo daba por hecho que con lo abierta que es sus padres lo sabían. Me presentaría en su casa pero no quiero agobiarla más de lo que está.
