Un sábado cualquiera. Estaba con el que hasta ese mismo día era el mejor amigo de mi marido, una persona en la que tanto él como yo confiábamos por completo, y uno de sus amigos, con quien he coincidido tres veces en mi vida. Los tres en su casa, viendo películas, riéndonos, bebiendo un ron dominicano que estaba delicioso.
Empezamos a hablar de consenso en prácticas sexuales no tan habituales. De dar bofetadas. De cómo gestionar que te las pidan, de cómo saber si puedes hacerlo, y si a la otra persona le va a gustar. Y la respuesta era bastante obvia: pregunta. Yo conté mi experiencia; es algo que había hecho pero que no me gustaba particularmente, sólo con una persona y previo acuerdo.
El tema siguió, y en determinado punto, se dio una situación en la que este otro chico dijo “Pues yo he estado con una chica y…” a lo que mi amigo respondió de forma irónica, aplaudiendo mientras decida “eh, enhorabuena, has estado con una chica” Y yo le seguí con aplauso lento. Aplaudí lento. Irónico. Una situación completamente normal, sin mas.
Este chico estaba sentado en un sofá a mi lado. Se giró, me miró y dijo “Te gustan los aplausos lentos, no? Y también te gusta esto”
Me dio una bofetada. Así, sin mas.
Retumbó en mi mejilla. Sentí el escozor y se avivó el recuerdo de todas las bofetadas que me han dado antes. Volvió el recuerdo de estar en el suelo, aturdida, con el labio partido por una bofetada hace tiempo.
Pero, por primera vez en mi vida, no me bloqueé. Por primera vez después de salir de una relación de maltrato de 7 años, no me quedé callada. Me enfrenté a él. Le dije que quién se creía que era para hacer eso. Le pregunté que qué se le había pasado por la cabeza. Y él…se asustó. Empezó a decir que estaba exagerando, que sólo me había “tocado la cara”. Que yo lo estaba sacando todo de madre.
“Soy un buen tío. Nunca le haría daño a una mujer.”

Intenté razonar con él. Intenté explicarle que no puede hacer eso. Que no tenía ningún derecho a tocarme, y mucho menos a darme una bofetada. Pero él no me escuchaba. Le dije que, si no podía entender por qué lo que había hecho no estaba bien, si en algún momento estaba en mi mano, le diría a cualquier mujer que se acercase a él que su respuesta ante la situación, había sido “tocarme la cara”
Y en este momento, el mejor amigo de mi marido, que había estado presente en todo momento sin participar, saltó del sofá mientras gritaba. Gritaba que yo no tenía razón. Que me disculpase por amenazar a su amigo. Que no había pasado nada de lo que yo decía. Que me había vuelto loca.
Obviamente, me rompí. Y se me despertaron muchísimos recuerdos que no pude contener, y empecé a llorar. Llorar de rabia, de frustración, mientras entre ellos empezaron a reconstruir la historia. No, no me había dado una bofetada, sólo me había tocado la cara. No había sido para tanto, estaba justificado. Yo había hablado de bofetadas un rato antes. Había dicho que me gustaba. Yo le había amenazado con arruinar su futura vida amorosa, y eso es lo que estaba mal. Tenía que pedirle perdón.
Entré en modo supervivencia. Había bebido y no podía conducir para irme, así que les dije todo lo que me exigían decir. El mejor amigo de mi marido me dijo que tenía que entender a su amigo, que yo le había hecho muchísimo daño acusándole, que él tomaba pastillas para la ansiedad y yo había empeorado su estado. Que era muy poco considerada. Que había sido injusta.
Me fui a dormir y al día siguiente me marché tan pronto como pude mientras ellos insistían en que no había pasado nada.
Volví a casa y hablé con mi marido. Su mejor amigo dejó de ser tal en ese mismo momento.
Sigo un poco aturdida y siento mucho dolor, pero estoy orgullosa de mi misma. De los dos años que llevo semanalmente en terapia para superar mi pasado y las herramientas que tengo ahora para no volver a tolerar estas situaciones. De haber plantado cara, de haber podido defenderme.
Es una situación compleja. En otros momentos de mi vida me habría sentido culpable. Habría pensado que yo, de alguna forma y sin darme cuenta, había propiciado esa situación. Habría pensado que soy una desconsiderada, que era mi culpa haber hecho sentir mal a este buen tío que jamás le haría daño a una mujer.
Espero que la próxima vez que este buen tío esté con una mujer, recuerde lo que pasó ese Sábado. Que se pare, que piense. Espero poder seguir plantándome ante estas situaciones, no volver a hacer como que no ha pasado nada.
Porque sí ha pasado. Claro que ha pasado. Pero ya nunca más. Y, si vuelve a pasar algo parecido, volveré a plantarme, porque ya no concibo una realidad en la que este tipo de cosas sean normales. Porque nadie tiene derecho a tocarme. Nadie tiene derecho a tocarte. Y nunca jamás, será algo que pueda volver a tolerar.