Cuando crees que nada puede sorprenderte después de un fin de semana símil a un parque de atracciones… Va la vida y te deja patidifusa. Este relato sucedió en un restaurante justo en la mesa situada a mi lado … Una noche de verano donde agradeces que la cerveza esté congelada y al final la que se congeló fui yo.
Estábamos cenando íntimamente con unos amigos. La terraza estaba prácticamente vacía. Una mesa ocupada por una mujer de unos 80 años con el que parecía ser su hijo. Ella hablaba y él se limitaba a ver un partido de fútbol en el teléfono de espaldas a nosotros. Un señor cenando en soledad y de repente, entra una mujer de unos 30 años con su hija que debería tener unos 5 años. Se sentó junto a nuestra mesa y comentaban que nunca habían visto unas rastas tan largas como las que tenía uno de nuestros acompañantes. La voz de la mujer era muy agradable con un acento argentino muy arraigado. Intercambiamos un par de frases y cada uno volvimos a lo nuestro.
Hasta ahí todo bien… Nos sirven la cena y continuamos con nuestra conversación, cuando de repente, tuve que dejar de comer porque no era capaz de cerrar la boca.
Esa señora mayor, con el pelo cano y un moño… Si tuviera que describirla y más cuando empecé a escucharla, sería como una mezcla entre “la Vieja del Visillo, Blasa y la madre de Norman Bates”. Vestida toda de negro, con esos imperdibles que le sujetaban los pelos que querían soltarse del moño tirante y una sonrisa que, a mi parecer, daba un poco de mal rollo. Se levantó y se acercó a la mujer que cenaba a mi lado…
- Hola bonita, una pregunta ¿Estás sola?
- No señora, estoy cenando con mi hija
- Ya… Me refiero a si eres soltera
… Un momento ¿de verdad le acababa de preguntar eso? Mis ojos se hicieron grandes mirando al plato, y buscaron alguna mirada de mis acompañantes para ver si era la única que lo había escuchado. Por suerte encontré una mirada similar a la mía que me decía que sí, que estaba sucediendo.
- Si, soy soltera.
- Verás, es que estoy aquí cenando con mi hijo que está solo, te he visto y he pensado que una mujer sola como tú, no puede estar. Necesitas a un hombre.
- Señora, a mí no me falta de nada. Tengo mi casa, mi trabajo, mi tiempo y mi hija.
- Si si, lo que te falta es un hombre para sobrevivir. Y quiero que conozcas a mi hijo.
Adiós hambre… ¡¡¡No podía creer lo que estaba escuchando!!! Yo tenía que morderme la lengua porque el hambre para comerme la cena se estaba esfumando. La chica muy educada en todo momento estuvo capeando el temporal. Le cambió de tema mil veces, pero Blasa la del Visillo volvía al mismo punto. Cuando me da por fijarme en el hijo de esa mujer, la virgen santa bendita… ¿Sabéis esas personas que dan escalofríos y no en el buen sentido? Miraba a la chica de reojo, con una mirada un tanto vacía. Veréis, no hablo de un chico jovencito de 25 añitos ¡ese hombre tenía los huevos canos ya!
En cuestión de segundos que fue lo que tardé en volver a la conversación de mi mesa, veo que los ojos de mi amigo se abren más todavía… La señora con un movimiento prácticamente impredecible agarra una silla, se sienta en la mesa de esa chica y dice:
- Ven Carlitos cariño, que nos sentamos con esta chica tan simpática. No te importa que nos sentemos contigo y tu hija ¿no?
- Ehm… No…¿?
- Esa niña necesita un padre y tú un marido. Y ese es mi hijo.
Carlitos se levanta… y ¡AHÍ TENEMOS A NORMAN BATES! Con una mirada turbia alcanzando a la chica. Lanzaba una media sonrisa un tanto oscura a su madre y se sentó con ellas. Relamiéndose y frotando sus manos ocupando la silla donde antes estaba la niña. Su madre le había llamado para sentarla sobre ella.
Os prometo que ver y escuchar tal espectáculo, me hizo recordar la historia de Norman Bates y su madre. Llegamos a imaginar que en su casa tendrían al padre de la criatura disecado, poniendo diariamente una copa de Brandy y un puro en sus manos antes de salir de casa. Muy retorcido y chungo todo.
La chica se dio cuenta que nosotros estábamos al tanto de la situación, y nos hizo saber que todo estaba ok y bajo control.
Esa mujer que todo lo que tenía de octogenaria lo tenía de maleducada, le hizo saber a la chica que una madre soltera como ella, siendo de otro país y joven, estaba destinada al fracaso absoluto. Que sin un hombre no sería capaz de darle a su hija todo lo necesario y que ella acabaría siendo nadie en esta vida.
La muchacha tuvo más paciencia que un santo, y aguantó el tipo hasta el final. Dándole las gracias por la conversación, cogió a su hija en brazos y dándonos las buenas noches, se marchó con el tupper que contenía la arepa de ternera que le había sobrado y dejándole a esa mujer su regalo… Norman Bates en versión española.
Aplaudo ese empoderamiento y ese magnífico comportamiento que tuvo, demostrando que una mujer es capaz de todo sin tener que depender de un hombre o otra mujer. Que nunca permitamos que nadie nos diga lo que necesitamos o debemos hacer.
Carpatho’s Queen