Me he pasado 25 años de mi vida, desde que tengo uso de conciencia, escuchando constantemente lo escandalosa que soy, lo fuerte que me rio, que estornudo, que hablo e incluso lo fuerte que siento, que debo aparentar ser una persona más tranquila, más fría, más serena, más madura, más, más y siempre más. Mi vida ha sido un constante llegar a ser esa persona perfecta que todo mi círculo esperaba de mí; desde mi parentesco familiar más lejano hasta la vecina del quinto que mientras hacía la vida imposible yo tenía que responderle siempre con educación, una sonrisa y una disculpa a tiempo, todo porque yo tenía que ser la niña buena que no contestaba a una persona mayor que se entrometía en los asuntos familiares. Siempre tenía que ir en contra de mis instintos, esos que me gritaban que luchase, que guerreara contra las injusticias, que protegiera a aquellos que lo merecían con mi fuerza, que viviera y exprimiera cada sensación, que llorara a mares y que riera gritando a carcajadas, siempre en contra, siempre perfecta, más tranquila, más fría, más serena, más madura, más, más y más.

Conseguí llegar a ese punto, ese punto en el que controlaba esa parte más sentida y llegaba a saber decir la palabra perfecta en el momento perfecto con el cuidado perfecto para todos, menos para mí, pero eso mejor lo hablamos en otro texto. Lo conseguí todo, bueno todo no, seguía siendo una escandalosa, y ahí se acababa todo el esfuerzo y volvía a escuchar tienes que ser más tranquila, más fría, más serena, más madura, más, más y más. Cuando me di cuenta estaba harta, harta de fingir, de ser la persona correcta, de la presión y entonces lo volví a escuchar, toda la retahíla de palabras que me perseguían durante la vida, hubo una diferencia, no callé, no agaché la cabeza, no pedí perdón; levanté mi mentón y dije claro y alto, no veo mi intensidad un defecto y pienso disfrutar de ella.
He aprendido a vivir con ella y desde entonces disfruto mucho más mi vida, exprimo el momento, lo siento todo al 200%, lloro por una película como si mi propia vida fuese protagonista de ese trauma, empatizo con mi mundo, con mi alrededor, que me hace que pueda conectar con ellos a un nivel que jamás podría haber imaginado, me enamoro y lo doy absolutamente todo, cuido cada detalle, y cuando me rio tiemblan los cimientos de las paredes que me rodeen, y no me avergüenzo, estornudo fuerte, vivo fuerte y siento fuerte y eso me hace especialmente especial, y que suerte poder serlo.
Desde entonces ya no me interesa ser más tranquila, más fría, más serena, más madura, más, más y más, desde entonces solo me interesa ser yo, una persona intensa.