Lo primero de todo, la maternidad es difícil, muy difícil, sobre todo si hablamos de primera infancia. Pañales, alimentación, sueño… Es un ser pequeñito que depende de ti para absolutamente todo. Poco a poco, la cosa cambia, las necesidades de tu hijo siempre estarán ahí, pero conforme ganan en autonomía vas teniendo un respiro. Me temo que lo que ves en tu hermana es una depresión post parto brutal y una pareja que no se hace cargo de su responsabilidad, de ahí que esté desbordada. La ayuda y el apoyo emocional es algo básico. En lugar de agobiarte por si te pasa a ti, ayúdala.
Te cuento mi experiencia, por si te sirve para ver varias maternidades. Una sola realidad no esclarece nada. Hay madres que se arrepienten y eso les marca de por vida, incluso les agria el carácter, hay otras que disfrutan desde el principio y, como es mi caso, otras las que les cuesta «cogerle el puntillo» al asunto y luego se dan cuenta de que es una experiencia de aprendizaje vital maravillosa.
Mi niño encontró su primer desafío nada más nacer: superó una hipoglucemia grave recién traído al mundo. No di lactancia materna por problemas en la subida. Lo que vino después fue lo que nos desbordaría a mi marido y a mí: la falta de sueño. El peque comía bien, crecía y comenzaba a caminar sin problema, pero no dormía apenas y tampoco hablaba. Teníamos suerte si dormíamos más de una hora seguida. Lo intentamos absolutamente todo. Muchas «supermamis» me decían que era porque no hacíamos colecho. Cuando lo intentamos, fue peor aun, el niño se agobiaba y yo solo podía llorar toda la noche hasta caer dormida de puro agotamiento mientras mi marido se lo llevaba a su cuna. Hasta los 4 años no dormimos medianamente sano ninguno. Y fue un cambio bestial cuando su sueño se estabilizó, solo necesitábamos descansar.
Durante ese tiempo, se descubrió la razón de los trastornos de sueño. Mi hijo es autista no verbal. A los tres años nos dimos cuenta de que seguía sin hablar, al ser su padre hablante tardío (habló a los 4 años) no le dimos importancia. Era un niño cariñoso, feliz, juguetón y muy activo. En el colegio nos pusieron en alerta, no jugaba con otros niños, tenía comportamientos estereotipados y carecía de juego simbólico. El diagnóstico fue otra losa sobre mí, culpándome de todo y hundiéndome aun más. Lloré hasta que me di cuenta de que no iba a servir de nada.
Sin embargo, acepté que mi hijo es distinto, que no habla, pero se expresa con ayuda de un comunicador en una tablet, que sus juegos son como son, el mundo es su patio de juegos y que su aprendizaje será a otro ritmo y con otras herramientas. Me preparé, me documenté y descubrí que mi peque ve el mundo de una forma única, me siento muy orgullosa de él, de lo que se esfuerza en un mundo que no le entiende. Fui sanando como madre y como mujer. Hoy, después de 7 años, puedo decirlo muy alto, ¡SOY INMENSAMENTE FELIZ!
El camino será largo y lleno de desafíos, pero aprendemos todos juntos. A raíz de su diagnóstico, vino el de mi marido y el mío. Tengo altas capacidades con rasgos autistas (estoy en el límite de lo diagnosticable). He descubierto muchas cosas sobre mí, sobre mis límites, mis puntos débiles, mis capacidades y lo que soy capaz de hacer. Todo gracias a mi pequeño. Estoy muy agradecida.
No hay maternidades idílicas, eso no existe, hay maternidades reales, en las que lloras, en las que te vas a la cama pensando en que berenjenal te has metido, otras veces abrazas a tu hijo y se te resetea la vida, le miras a los ojos y el mundo deja de existir a tu alrededor y entonces sabes lo que es ese amor que dicen que alimenta el alma.
Perdón por el tochaco de texto.