Aún tengo grabado en mi mente el día que con 13 años mi madre me dijo que no me merecía nada bueno en esta vida por un malentendido (Ella me explicó una cosa a medias, por eso di por hecho algo que no era verdad y me enfadé muchísimo). O cuando con unos 8 años me dijo llorando que algún día le iba a dar un infarto y se iba a morir por mi culpa porque había hecho el último ejercicio de los deberes muy rápido (y regular) para ir a jugar con mi primo.
Entiendo que ser padre es muy difícil y frustrante, que los hijos pueden ser muy puñeteros y que hay que corregirles, regañarles o castigarlos cuando es necesario. Pero creo que todo esto se puede hacer sin necesidad de hablarles de una manera tan dura. Sé que eran calentones y que no lo pensaba en realidad, pero casi 20 años después aún recuerdo todas y cada una de esas ocasiones.
Digo todo esto porque hace unos días mi hermano le dijo a mi sobrina de 7 años (después de un berrinche por no querer comer): «Es que me amargas la vida». La niña no dijo nada, pero su cara de tristeza lo expresó todo. Le dije que eso no se le dice a un niño, y él me llamó exagerada y dijo que era pequeña y no iba a recordarlo. Pero yo sé que sí lo va a recordar, porque esas cosas duelen y mucho. No soy madre ni sé nada de crianza, pero sí que sé que esa forma de hablar a un niño o adolescente puede marcarle muchísimo. Por mucho que «siempre se haya hecho así», o «es que ya me tenía muy harto/a», evitad decirle cosas feas e hirientes a vuestros hijos, por favor. Se pueden decir las cosas de otra forma.
