Hace un par de meses el maravilloso algoritmo del internet decidió que mi destino era acabar aquí, desahogándome con mi drama laboral.
Para quien tenga curiosidad o quiera ponerse al día antes del «season finale», aquí está el primer capítulo:
https://weloversize.com/topic/le-he-dado-una-bofetada-a-mi-jefe/
No os voy a engañar: no leí los comentarios. La opinión de gente que no conoce a los protagonistas y no entiende la psique del reparto no suele servirme, pero igualmente gracias. Pero las segundas partes en los foros tienen su encanto, así que aquí estamos.
Resumen ejecutivo: le di una bofetada a mi jefe.
¿Y sabéis qué pasó?
Absolutamente nada.
El lunes fui a trabajar con el mismo estado mental que un condenado camino de la silla eléctrica. Convencida de que mi jefe aparecería con los papeles del despido debajo del brazo.
Entró.
Sin papeles.
Sin «hola» (como de costumbre).
Miró a todo el mundo y soltó el clásico: —¿Qué vais a hacer hoy?
Mi compañera le dijo cuatro cosas y desapareció, lo habitual. Yo pasé el día entero esperando la bronca,el castigo, la amenaza o, como mínimo, algo.
Y así pasó toda la semana.
Hasta que el viernes me dice, con toda la tranquilidad del mundo, que sobre las diez de la noche me pase a hacer una tarea que, entra en mis funciones, pero no en mi horario.
Y ahí mi paciencia decidió irse de vacaciones.
—¿A ti te parece poco lo que trabajo? —¿Qué? No, claro que no… —Entonces entenderás por qué no pienso venir a trabajar por la noche. —Aquí es lo que hay. Si no lo haces en dos días se enfada el cliente.
Pequeño detalle: el cliente es tan real como los Reyes Magos. Esa tarea era una de esas ocurrencias suyas para que yo no saliera «demasiado pronto», porque en su cabeza, si yi salgo un viernes a las 8 de la tarde, es media jornada.
Así que le contesté:
—Pues igual deberías hacerlo tú. Yo ya hago lo de tres. Me pagas lo mínimo y no pienso seguir haciéndolo. Si es tan importante, hazlo tú.
Y él, ofendidísimo:
—Pues haz lo que te dé la gana. Aquí al final trabajo yo todo y vosotros os aprovecháis de mí.
No respondí.
No hizo falta.
Hay momentos en los que discutir solo estropea una victoria.
¿Cómo estamos ahora?
Sigo haciendo alguna hora de más porque en mi trabajo es prácticamente inevitable. Pero ya no las barbaridades de antes. Curiosamente, cuando dejé de asumir el trabajo de tres personas, resulta que mi jefe descubre que también tiene manos y, de vez en cuando, aparece a echar una.
Aunque irónicamente me da más trabajo corregir su trabajo después, pero sí me ha liberado bastante.
Moraleja, por si a alguien le sirve más que a mí los consejos de internet: a veces el miedo a perder es justo lo que hace que no ganes nunca. Cuando estás dispuesto a asumir las consecuencias, de repente el mundo deja de parecer tan invencible. Y, de paso, algunos jefes descubren que explotar a la gente funciona bastante peor cuando esa gente deja de agachar la cabeza.
