Hace dos años que tuve a mi hija y sólo ahora he digerido la situación lo suficiente como para poder contarlo. El caso es que, mi suegra, una enfermera jubilada, nos preguntó, nada más nacer nuestra hija, si le íbamos a poner los pendientes.
Mi marido y yo habíamos hablado del tema y habíamos decidido no ponérselos porque considerábamos que era una condición meramente estética y que, si ella quería, pues ya se los haría una vez fuese mayor y pudiese decidir.
Pues bien, un día, la niña tendría unos 4 meses, la tuvimos que dejar con mi suegra para hacer unas gestiones. Cuando volvimos a casa nos quedamos con un palmo de narices: ¡mi suegra le había hecho los pendientes sin nuestro consentimiento! Estábamos tan en shock que, por un momento, nos quedamos en silencio y no supimos qué decir. Ella le quitó hierro a la situación y dijo que así “estaba más guapa”, “ya no parecía un niño”, “no le había dolido porque había sido un momentito” y “de mayor me lo agradecerá”.
Me mordí la lengua y reprimí las ganas de soltarle un guantazo y cogí a la niña y me fui dando un portazo. Mi marido se quedó y, por lo que me contó después, le metió una bronca bastante tocha y la amenazó con denunciarla.
Desde ese día no hemos vuelto a su casa, cuando llama por teléfono lo coge mi marido y le habla por cortesía. Por supuesto, la niña no se la hemos vuelto a dejar. Hay gente que nos llama exagerados y que nos hemos pasado cuatro pueblos, pero yo creo que nuestra reacción ha sido poco para lo que hizo.
