No sé cómo empezar esto. Poner en palabras lo que me ocurre quizás me ayude a ordenar este caos mental. Me siento herida de muerte, traicionada por las dos personas que más amo en este mundo que no vi venir esta puñalada por la espalda.
Hace casi quince años me separé tras sufrir maltrato y abuso sexual por parte de mi marido. El detonante fue descubrir su consumo y venta de cocaína. No quería que mi hijo, entonces de cinco años, creciera viendo a su padre alcoholizado, maltratándome y haciéndome sentir culpable por existir.
Mi familia nunca me apoyó. Mi ex, un narcisista psicopático, los manipuló para que creyeran que la decisión de separarme había sido solo mía. Incluso después de la separación, él mantuvo una buena relación con mi familia, quienes justificaban su trato con él diciendo que era “por el bien de mi hijo”.
Pero mi ex nunca se preocupó por nuestro hijo. También lo maltrataba, lo golpeaba, lo exponía a su alcoholismo, drogadicción y peleas. Llegó incluso a obligarlo a conducir sin carné y a traficar. Mi hijo nunca me contaba nada, aunque yo lo intuía. Cuando intentaba preguntarle, él reaccionaba con ira y se encerraba en su habitación.
Hace dos años, cuando mi hijo tenía diecisiete, su novia me contó la verdad: mi hijo le había confesado todo, temiendo que su padre me hiciera daño si yo me enteraba. Juntas lo convencimos de que, a punto de cumplir la mayoría de edad, no tenía obligación de seguir viendo a su padre.
Esta decisión fue el detonante. Un psicópata no acepta que le pongan límites, que la verdad salga a la luz y que su máscara caiga. Mi hijo y yo recibimos amenazas de muerte. Sé que es capaz de cumplirlas y me aterra pensar que, aunque termine en la cárcel, antes pueda enviarme al cementerio.
Fuimos a juicio y ganamos. Tenemos una orden de protección y estamos en el sistema VioGén. Pero demostrar todo esto nos llevó años, y el daño invisible, el estrés postraumático que sufrimos, es difícil de sanar. Tuve que ser madre y padre a la vez, luchando sola contra la incomprensión.
Durante estos dos años, vivo con un miedo constante. No doy dos pasos sin mirar atrás. Las veces que mi ex se saltó la orden de alejamiento las viví con crisis de pánico cada vez que lo veía, y mi hijo con ataques de ansiedad.
Decidí mudarme fuera de la provincia. Alquilé la casa de mis sueños en la naturaleza. Disfruté de la libertad de caminar sin miedo. Le di mi coche a mi hijo, me compré uno pequeño y barato de segunda mano. Él, con diecinueve años, planeaba mudarse con su novia, así que le cedí mi piso a cambio del pago de los suministros, la hipoteca y el mantenimiento.
Pero esta decisión me salió cara. A los tres meses, mi padre enfermó y murió. Él siempre fue el referente paterno para mi hijo. Perdí mi trabajo, mi coche “nuevo” se averió irreparablemente y mi abogado me informó de que mi ex tenía orden de prisión por acumulación de delitos.
Sin trabajo, pagando un alquiler lejos y con mi hijo viviendo en mi piso, decidí volver. Los policías a los que tengo que informar de mis movimientos, me explicaron que, para la orden de protección, debían de comunicarle a mi ex de mi dirección. Una lógica absurda.
Durante mi ausencia, él no me visitó ni una sola vez, supeditado a la voluntad de su novia. Al regresar, encontré mi piso en pésimas condiciones. Mi hijo y su novia lo habían descuidado por completo.
Mi hijo apenas me hablaba. Se encerraba con ella en la habitación. Dejaban todo sucio y desordenado. Mi coche, el que le di con tanta ilusión, estaba destrozado.
Intenté ser comprensiva, sabiendo lo que él había sufrido. Pero estaba dañándome a mí misma. Así que puse límites: mis normas, gastos compartidos, visitas limitadas de su novia y limpieza obligatoria.
La reacción fue de ira y se ha mudado a casa de mi madre. Allí, él y su novia usan a la cuidadora de mi madre de criada. Me devolvió el coche inservible, ahora tengo dos coches y ninguno de los dos funcionan y repararlos no sale a cuenta.
Me mira con odio, con la misma mirada de desprecio de su padre. Su novia es igual de tóxica y posesiva. Y mi madre, influenciada por ideas antiguas, me tilda de mala madre por poner límites.
¿Qué sentido tiene todo este sufrimiento? ¿Para qué? ¿Por qué? No entiendo cómo las dos personas que más amo me han traicionado. ¿Soy realmente tan mala madre? ¿Dónde están los valores y el amor que le di?
Voy a terapia, pero es que ya no le encuentro sentido a tanta lucha.
Gracias, por leerme y disculpar el rollo, pero necesitaba vomitarlo.
