Tener un blog de viajes en los años 2000 o 2010 era cool, incluso útil. Pero, ahora que todos creamos contenido día tras día y es más difícil destacar, hay influencers o incipientes influencers capaces de vender a su madre por acaparar seguidores y likes.
En el sector del turismo, tiene sus beneficios: la promoción económica de un lugar y la difusión de su cultura. Habrá gente que actúe con responsabilidad y lo haga bien para que todas las partes implicadas se beneficien. Otras, como digo, generan más peligros que ventajas a la comunidad.
1. La idealización de los sitios
Este verano me mordí la lengua con una amiga que vino a visitarme a casa. Tengo cerca una ruta de lagos glaciares espectacular y ella estaba deseosa de ir porque lo había visto en Instagram, o eso me dijo. Después de 10 kilómetros de trekking extremo al calor de verano, la tía va y me suelta que se veía mejor en las fotos. “Pues no es para tanto, ¿eh?”. Pero, criatura, ¿no sabes qué existen los filtros?
Si un sitio te decepciona la culpa no es del sitio, sino de tus expectativas. Yo no sé las veces que llevo ya escuchadas que las vistas del entorno de las pirámides de Egipto dejan que desear, cuando la visita a ese enclave concreto está en cualquier diario de sueños viajeros de un tieso. ¿Eres consciente de todo lo que hay más allá de lo que ves?
2. La masificación
Me repatean los vídeos que empiezan con algo tipo “No te pierdas esta cala escondida de [provincia]”. Existe la posibilidad de que si hasta ahora ha permanecido escondida es porque su equilibrio natural es demasiado frágil, ¿se lo habrán planteado estos “creadores de contenido”?
Me apareció hace poco uno de este estilo, y la sección de comentarios estaban llenas de personas recriminando que hiciera publicidad de un sitio así. Lejos de recular o explicarlo, la propietaria de la cuenta respondía con una soberbia mayúscula:
—Vais a acabar con todo…
—Bufff que pereza.
—Tais jodiendo lo poco guapo que nos queda, todo por likes.
—Ala, sigue tirándote a la poza.
—Ganas algo publicando esto? Por unos likes destrozáis lugares tranquilos, qué pena.
—Si gano ponerte a ti de mal humor y recomendarte que te tomes un almax.
Lo dicho, cualquiera deja sus escrúpulos, sentido común y hasta modales a un lado por unos likes a día de hoy.
3. La pérdida de autenticidad e identidad
La idealización lleva a la masificación y la masificación a la pérdida de identidad. En los centros de algunas de las grandes ciudades se ve claro: llegas a un bar de los de toda la vida y ya no hay autóctonos haciendo lo que se hace en un bar, sino gente haciéndose vídeos. El turismo del “selfie”. Todo les parece un decorado.
Aún les va peor a las fiestas que se ponen de moda, desde las Fallas a la Feria de Sevilla y tantas otras manifestaciones culturales. Las grandes influencers ni siquiera disimulan que están allí sin querer, solo por compromiso con la marca de turno. Pero los influencers de viaje con comunidades más pequeñas tampoco se esfuerzan por trasladar algo del verdadero sentido de la fiesta.
Hay otra cara de la moneda necesaria para que esta gente pueda seguir lucrándose, sin importarles lo más mínimo la masificación, la gentrificación o el riesgo para espacios urbanos y naturales: los seguidores. Somos los verdaderos culpables de esto, pero eso mismo llamo a un cambio de punto de vista y a dejar de seguir a personas que, claramente, te grabarían mientras te despellejan vivo para rememorar una costumbre bárbara en un lugar recóndito.
Las únicas cuentas que sí recomiendo seguir son las de viajeros críticos y mordaces que se ríen del FOMO y las ridiculeces de los “viajeros de Instagram”, que son, además, carne de estafas. Son coherentes con la clave de todo esto: nadie te quita el derecho a viajar y descubrir nuevos lugares, pero si no te aseguras de estar siendo respetuoso con el entorno, no vayas. Nadie te espera allí, ni siquiera tus seguidores en redes sociales.