Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
Mi primo. Treinta y pocos años. El listo de la familia. Un coco. El ejemplo para todos los primos. El que se labra un futuro de verdad. El que va a prosperar. El universitario. El guapo. El que tiene don de gentes. La octava maravilla, vamos.
Sacó la ESO con unas notas maravillosas. En el bachillerato, bajaron un poco, pero es que claro, es taaaan duro el bachillerato. Aun así, lo sacó, porque tenía clara cuál era su meta, ser abogado. No podría ser otra cosa, claro, para alegría y deleite de sus padres en concreto y de toda la familia en general. Su nota de corte de selectividad resultó un poco pobre para entrar en una de las universidades públicas. Así que, con todo el esfuerzo de sus padres, y parte de sus abuelos y tíos, se juntó el dinero suficiente para que el muchacho fuese a la Universidad Complutense que, al ser privada, con un cinco raspado de media podía entrar.
Tardó en acabar la carrera más de lo esperado, pero es que, ya se sabe, Derecho es una carrera de verdad, dura exigente, en la que no te regalan nada. Aunque los primos sabemos de buena tinta que no se perdía ni una de las fiestas universitarias que se celebraban. Era tan asiduo a ellas que durante una temporada incluso formó parte de más de un comité de organización de tales jaranas.
Acabó la carrera y fuimos toda la familia a su graduación, porque hay que demostrar lo orgullosos que estábamos de él. Pero claro, con un grado pelado, no se puede hacer nada. Y más sin padrinos. Y nosotros somos una familia de currantes (albañiles, fontaneros, un carnicero…), pero sin conocidos que le pudiesen abrir las puertas de ningún bufete de abogados. Así que empezó un máster en abogacía (o algo parecido), para poder ejercer como abogado. Pero por lo visto, el master no cumplió con sus expectativas, puesto que decidió que quería trabajar para la Administración Pública. Lo dejó a medias y se matriculó en uno de Derecho Mercantil. En lugar de acabarlo en el año que se supone que dura, aún no sabemos muy bien por qué (nunca nos lo aclararon), tardó algo más de dos años en presentar el trabajo de final de master y finalizarlo.
Y entonces, informó a sus padres que ya era momento de preparase para opositar para una plaza de secretario judicial. Qué alegría, que alborozo. En la familia, un funcionario. Y no uno cualquiera. ¡Un secretario judicial nada más y nada menos!
Pues ya lleva unos añitos preparándose para las oposiciones. Cuando salieron plazas, no se presentó porque no se veía suficientemente preparado, y no quería perder tiempo ni dinero. Así que ahí sigue, preparándose. Y oye, vaya excusa perfecta se ha buscado para las reuniones familiares a las que no quiere asistir. Claro, es que está estudiando para las opos y no ha podido venir. Y buscarse un trabajo, de mientras, ni pensarlo, porque le quitaría tiempo para el estudio. Pero de vez en cuando sí tiene que salir de fiesta o de finde, porque tiene que despejar la mente para poder seguir estudiando. Y ahí lo tenemos a la sopa boba, mientras el resto de primos, con unos estudios, la mayoría, básicos, estamos currando desde el primer día y sacando nuestras vidas adelante. Eso sí, el ejemplo de la familia es él. Tanto estudiar por lo menos acabará de Juez Supremo, ¿no? ¡Vaya tela con el estudiante!
