No sé si a alguien más le pasa esto o soy yo la única.
Llevo años poniendo excusas para no ir a comer a casa de mis padres.
Que si este fin de semana tengo mucho trabajo, que si hemos quedado con unos amigos, que si el niño está malo… cualquier cosa me vale.
Y no es porque ahora nos llevemos mal.
Es que cada vez que cruzo la puerta de esa casa empiezo a encontrarme mal.
Se me hace un nudo en el estómago, estoy incómoda todo el rato y, cuando vuelvo a mi casa, necesito dos o tres días para sentirme otra vez bien.
He tardado mucho en entender que no es por la casa en sí, sino por todo lo que viví allí.
Mi padre siempre ha sido una persona muy autoritaria. En casa todo se hacía como él decía. No se podía llevar la contraria, había que medir cada palabra y el ambiente muchas veces era de estar constantemente en tensión.
Mi madre nunca le llevaba la contraria. Siempre acababa cediendo para evitar problemas y, de alguna forma, todos terminábamos haciendo lo mismo.
No recuerdo una infancia feliz. No hubo grandes dramas que contar, pero tampoco recuerdo sentirme tranquila en mi propia casa.
Ahora soy adulta, tengo mi vida y ellos también han cambiado un poco con los años. Pero cada vez que vuelvo allí siento que vuelvo a tener diez años.
Es una sensación muy difícil de explicar.
Mi padre sigue teniendo esa forma de hablar que me hace ponerme en alerta sin darme cuenta. Y aunque ya nadie me obliga a nada, mi cuerpo reacciona como si siguiera siendo aquella niña.
Lo peor es que luego me siento culpable.
Porque pienso que ya son mayores, que debería aprovechar para verlos más, que cualquier día pueden faltar… pero solo de pensar en pasar una tarde allí ya empiezo a agobiarme.
¿A alguien más le pasa que hay lugares o personas que, sin hacerte nada hoy, te hacen revivir cómo te sentías hace veinte años?