La primera vez fue exactamente como pasan estas cosas, sin pensar, en un momento en que decir que no me apetecía hubiera cortado todo el rollo y yo no quería cortar el rollo porque me gustaba mucho y era pronto y no quería que pensara nada raro y dije que sí con una convicción que no tenía y ahí empezó todo.
El problema es que cuando dices que sí una vez y pones cara de que sí y haces los sonidos de que sí la información que le llega a la otra persona es que sí y a partir de ese momento eso se convierte en un dato sobre ti que ya está en la mesa y que no puedes recoger sin explicar por qué lo pusiste ahí.
Para cuando quise decir algo ya llevábamos meses y había pasado suficientes veces como para que fuera su cosa favorita de manera oficial y reconocida y como para que lo dijera con ese orgullo de quien cree que ha encontrado algo que le funciona especialmente bien con esta persona específica que soy yo que supuestamente lo disfruto muchísimo.
No lo disfruto. No lo he disfrutado nunca. Pero llevo tres años perfectamente comprometida con esta actuación porque en algún punto el problema dejó de ser decir que no me gustaba y se convirtió en explicar por qué llevo tres años diciendo que sí cuando era no y esa conversación me parece infinitamente más difícil que seguir donde estoy.
He pensado en ir reduciendo el entusiasmo gradualmente para ver si la cosa se va apagando sola sin tener que decir nada. No ha funcionado porque él lo interpreta como que estoy cansada o estresada y entonces lo hace con más dedicación todavía para animarme y yo ahí poniéndome más en deuda con cada segundo que pasa.
ARGH.
