Reproducimos un testimonio que nos llega a [email protected]
Hace poco más de un mes tomé la decisión de abandonarlo todo y mudarme a Barcelona a probar suerte en el amor. Conocí a Oriol en una aplicación de citas y, desde el principio, el contacto fue diario. El móvil se convirtió en una prolongación de mi cuerpo: imaginaba que él estaba ahí y no concebía dar un paso sin el dispositivo colgado.
Las primeras semanas fueron perfectas. Yo estaba en casa mientras él trabajaba, lo esperaba desnuda y hacíamos el amor a todas horas, y pasábamos la tarde jugando, hablando o paseando por Barcelona. Cada día estaba más a gusto. Eché currículums y avisé en casa de que mi estancia en Barcelona se alargaría.
Todo era color de rosas hasta que el sábado nos invitaron a cenar a casa de unos amigos y luego a tomar una copa. Yo estaba ilusionada porque iba a seguir conociendo su entorno, pero no sé si fue esa intuición que me acompaña desde chiquitita o si el destino intenta advertirme de las cosas, el caso es que desde que me lo dijo sentí que la noche no iba a ir bien.
Preparé unos entrantes con productos andaluces, queso, jamón, buen embutido, me puse mis mejores galas y allí nos plantamos los dos.
La noche iba pasando sin demasiada emoción. Cenamos, conversamos y nos tomamos un cubata de sobremesa cuando, de repente, el amigo de Joan le pidió que lo acompañara al despacho porque necesitaba que revisara “un apunte contable complejo”. En cuanto lo escuché supe que algo no iba bien, que me ocultaba algo.
Mientras yo hablaba de banalidades con una señora a la que poco me importaba escuchar, ellos se levantaron y se metieron en la habitación de al lado. Siempre he tenido el don de poder estar en siete cosas a la vez sin que se note que no estoy prestando atención real a ninguna, y en ese momento incluso me hubiese dado igual que se notara: yo no estaba allí para escucharla a ella, sino pendiente del chico por el que lo había dejado todo y que ahora me había dejado sentada en una mesa, en una casa ajena, mientras hacía Dios sabe qué.
La duda se disipó pronto. De repente se hizo el silencio y lo único que escuché fue un sorbido fuerte y profundo. En ese mismo instante algo me atravesó por dentro. Me quedé fría. Paralizada. Sí: lo había dejado todo atrás por un chico que consume.
La mujer del amigo notó que algo no iba bien e intentó quitarle hierro al asunto. Me dijo que solo lo hacen cuando salen a bailar, que ella también consume y que, antes de que llegáramos nosotros, habían hablado para que ella estuviera pendiente de mí y “dejara disfrutar a Joan”.
Sinceramente, estoy rota. No sé qué hacer: si coger las maletas y volver a casa o intentar que deje todo eso. Lo único que sé es que no me mudé a Barcelona para que una imbécil tenga que estar pendiente de mí mientras mi novio se echa el tabique abajo.
