Es muy heavy. O yo que he vivido con traumitas respecto al cuerpo toda mi vida, todavía alucino. Y me pasa en parte, como cada vez que hay una discusión o situación con la que no estoy de acuerdo, que luego me reconcome la culpa por no actuar, porque quizá a esa pobre muchacha le hubiera venido bien que alguien le dijera que su madre no había estado nada acertada.
Y eso que yo nunca he tenido quien me cree esos traumas, y menos en mi familia. Recuerdo con mucho cariño cuando iba con mi madre a probarme ropa en mi adolescencia. Hay un día que tengo grabado. Yo me estaba probando un pantalón blanco, deportivo, con corchetes a los laterales, talla 46-48. Mi madre me dijo “te queda de maravilla, pero vamos a intentar no subir de talla para que no te cueste encontrar ropa”. Nunca me juzgó, nunca me pidió cambiar, siempre me hablaba con todo el cuidado que podía tener. Tampoco cuando bajé a una 38. Mi madre fue una mujer que me ACOMPAÑÓ aun cuando no se divulgaba ese verbo para criar a tus hijos de forma respetuosa. Después mi vida ha seguido con una talla 40-42, pero yo siempre con mis comentarios sobre mis muslos o michelines y ella siempre diciendo que me veía bien, no como esta señora del probador.
Que claro, me pongo nostálgica y estaréis ya pensando que me deje de historias y os diga qué coño dijo la señora para que me pareciera tan grave. Pues voy.
Estaban las dos dentro del probador, con varias prendas por lo que podía escuchar. Unas cosas decía que se las llevaba y otras que nada, qué descartadas. Hasta que de repente se probó lo que yo me imagino que era un top o camisa que de alguna manera tenía que abrochar por la parte delantera. La chica (que no os sé decir edad, pero me la juego a unos 14-15), dijo “qué mal me queda, qué pena, con lo que me gustaba”, y su madre le contestó que sí, que le quedaba raro.
Hasta ahí todo bien porque una madre también tiene que ser sincera y no todas las prendas nos pueden quedar bien. Entonces la chica propone: “¿y si me pruebo una talla más a ver?”, y añade con toda la santa razón del mundo: “es que de verdad, hacen las tallas fatal.” (¿Vosotras no creéis también que hacen las tallas fatal? Yo sí lo veo, a veces la 40 de una tienda no tiene nada que ver con la 40 de otra, o en la misma tienda dos modelos de pantalones tallan distinto, o te tienes que comprar la XL de abajo y la S de arriba. Esas cosas pasan.)
Pues la señora no estuvo de acuerdo con su hija y le cascó “O igual eres tú hija, que tienes la espalda con una anchura…” ¿Con una anchura que qué? Que yo no llegué a ver a la muchacha, pero vamos, que no me hace falta, que aunque tuviera los dorsales de Michael Phelps no creo que fuera lo que necesitaba oír. Prueba si quieres, aunque no creo que te favorezca… Si quieres vamos a otra tienda a ver si hay algo del estilo… Dame un par de collejas porque soy tu madre, pero tengo la boca como un buzón… Mira si tenía cosas que decirle, pero no, le dijo que igual no era la prenda lo que estaba mal sino su cuerpo.
¿Y sabéis lo peor? Que la que no dijo nada fue la niña. Se quedó callada, recogió y se fue del probador, sin su prenda y con una sentencia de su madre a las espaldas que seguro que le pesó, fueran o no unas espaldas anchas..
