Lo que voy a contar ahora podría ser perfectamente material para un estudio de campo sociológico sobre el comportamiento de la especie humana ante el simple hecho de colgar una foto en redes sociales.
Pongamos que hablamos de Facebook, en concreto, y de mi cuenta personal. Eso se traduce, grosso modo, en unos 500 amigos, con una proporción más o menos equitativa: 50% hombres, 50% mujeres.
Pongamos que hablamos de hace ya un tiempo.
Y pongamos que se trata de una foto de una servidora en bikini.
Estaba pasando unos días en la playa en familia, en el apartamento de mi cuñada, con ella, mi hermano, mi sobrina y mis hijos. Un plan de esos que llenan huecos en el calendario de una separada cuarentona, que vive en modo “día que pasa, año que empuja”. Aprovechando cualquier invitación para no sentirme sola. Luchando en el día a día por superar una separación un tanto dolorosa y no deseada. Hecha una mierda, vaya.
Viviendo en modo “porque yo lo valgo”, le pido a Chari, mi cuñada, que me eche una foto subida en un pollo de piedra a modo de peana. Así, con los brazos en alto y el culo en pompa. Una de cara y otra de espalda, luciendo cachete.
Morenaza que estaba ya por aquella época y con mi bikini blanco de rayas de colores, de diez euros del mercado de los domingos… pues no me vi tan mal. La pose estilizaba la figura y disimulaba la barriga. Si encima le añades el lado creativo y te pones a editar, recortar y centrar… ¡peazo cuerpo parecía que estaba luciendo ese verano!
Y como estaba faltada de atención y un chute de autoestima no le hace daño a nadie, se me antojó colgar la foto en mi Facebook.
La que armé.
Si me lo cuentan antes, me pinchan y no me sacan sangre. Envidia es poco. La rabia, los celos y la desconfianza que se generaron a mi alrededor no me los podría haber imaginado jamás. Y lo sé de buena tinta porque, entre unos y otros, los comentarios siempre llegan. Y algunos hieren.
Amigas —o supuestamente amigas— ampliando y analizando cada píxel de la dichosa foto. Convenciéndose a sí mismas de que aquella foto era de hacía diez años (punto para mí). Cuñadas de mis amigas en plan consejeras: “vigila con esta”. Mujeres de mis amigos, a ellos, en modo mentoras: “vaya fotos cuelga esta”. Y así, tantas opiniones como conexiones en la red.
Una pena.
Un deterioro de mi entorno con el que no contaba, la verdad.
¿El lado bueno?
Pues que todo lo negativo que se generó en el 50% femenino, podéis imaginar cómo se tradujo en el 50% masculino. Me remito a mis palabras: ¡la que armé!
Así, como quien no quiere la cosa, me abrían por WhatsApp amigos con los que hacía tiempo había perdido el contacto:
—“Hola, cuánto tiempo, ¿cómo estás?”
Qué gustazo.
El polvazo que eché con uno al que hacía tiempo que le tenía ganas. Mucho tiempo y muchas ganas.
Solo por eso ya me valió la pena perder alguna que otra que se hacía llamar amiga.
Me lo pasé bien… y también abrí los ojos.
Porque antes de colgar otra foto, conviene mirar con perspectiva lo que, más allá de los likes, te puede proporcionar.
Nota: estudios sociológicos no oficiales demuestran que el porcentaje de amistades masculinas aumenta de forma directamente proporcional a la visualización de una foto en bikini en el muro de una mujer.
