Mi amiga Lore ha visto en la distancia cómo sus sobrinos le eran retirados a su cuñada y su novio tras meses de desatenciones y negligencias diarias sin que nadie de la familia sospechase nada.
Esta pareja, al parecer, llevaba meses dejado solos a los niños para salir de marcha. Nunca entenderé por qué varios vecinos tenían conocimiento de esto, pero no consta ninguna denuncia. Además, consumían estupefacientes y cantidades ingentes de alcohol todo el día en presencia de los niños.
Ellos, de 5 y 4 años, iban al colegio desabrigados, sin desayunar casi siempre, con la ropa sucia y sin merienda ni material escolar. El colegio llamó incansablemente a servicios sociales hasta que, recopilando todos los datos que poseían, les quitaron la guarda de los niños de manera inmediata.
Dieron la opción a la familia cercana de hacerse cargo de los niños y Lore y su marido (hermano de la mamá de los niños) asumieron la responsabilidad de criar a sus sobrinos mientras sus padres se rehabilitaban.
El padre, tras muchos problemas que conllevaron la intervención de la policía, desapareció y firmó una renuncia a los niños. La madre, embarazada por tercera vez desde que había nacido su hijo pequeño, negaba todos los hechos y pasaba el día al teléfono gritando; ya fuera con asuntos sociales, con el colegio o con su hermano.
Lore tenía mucho miedo de que a su cuñada le pasase algo, pero al ver cómo estaban esos niños, lo asustadizos que eran, desconfiados y las necesidades afectivas que parecían tener, empezó a darle más importancia a los niños y mucha menos lo que le pasase a aquella mujer, pues había permitido que sus hijos pasasen hambre y tuvieran casi todas sus necesidades por cubrir.
Los niños acuden a terapia casi desde el primer día que se fueron a vivir con Lore y su marido. Hace un par de meses que se les ve más cómodos, risueños y, al fin, se abren al resto como cualquier niño de su edad.
Estando su cuñada ya de 7 meses, la asistenta social les advirtió de que le retirarían al bebé nada más nacer, ya que no había progresado nada en este tiempo y que, de hacerse cargo de él, se preparasen para cómo podría estar, pues el consumo de sustancias contraindicadas durante el embarazo seguía siendo diario.
Ellos compraron una cuna y acomodaron una habitación, pero una noche de juerga su cuñada cae por las escaleras y sufre un aborto. A pesar de lo esperable del acontecimiento y de que ese bebé seguramente tendría una calidad de vida muy pobre, Lore y su marido sufren la pérdida y se ven de nuevo explicando a dos niños bastante traumatizados por qué la cuna de su hermanito de retira de la habitación que con tanta ilusión estaban decorando.
A pesar de todos los ofrecimientos, la madre de los niños no sólo no dejaba su estilo de vida, sino que empezaba a acosar a Lore y a su marido, culpándolos de todas sus desgracias.
Pasado un tiempo, las aguas se calman un poco y, aunque no acude a los centros que se le ofrecen, empieza a trabajar en un bar y a ganar un sueldo digno. Llama a los niños con la frecuencia que se le permite y se comporta de forma mesurada.
Pero, de pronto, deja su trabajo y su piso y se muda a dos calles de su hermano y su cuñada (que vivían en otra ciudad) y empieza a trabajar en la cafetería de al lado del colegio al que van sus hijos. Aunque tiene prohibido verlos en persona e interactuar con ellos, al ser un encuentro “casual” los tíos no pueden negarles a los niños saludarla, pues para ellos ya es bastante difícil de entender la situación como para recibir de sus nuevas figuras de apego primario la prohibición de saludar a su mamá que los llama con cariño desde la otra acera.
Ellos se quejan, pero la trabajadora social les dice que, al ser el trabajo con el que se mantiene y considerarse la reinserción laboral un punto positivo en su recuperación, no pueden hacer nada.
Lore no puede dejar de pensar en cuanto ha fallado el sistema a esos niños a los que quiere como si fueran suyos y en cómo les sigue fallando sin darle la opción de distanciarse de una persona que les proporciona inestabilidad emocional a tantos niveles. Además, tiene miedo de que, estando en uno de sus momentos de cuelgue total, pueda hacer alguna cosa que les perjudique más directamente.
Y ahí siguen, cada tarde cruzándose con su madre que les repite frases sin sentido y hace que los otros niños los señalen de nuevo.
Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.
