Siempre había jurado que jamás haría los deberes de mis hijos. ¿Que no quieres? ¡Pues toma dos tazas!
Os pongo en situación: niño de 5 años. Último curso de infantil. Tema del trimestre: la antigua Grecia. Hasta ahí todo perfecto. Me encanta Grecia, viví en Atenas un año dando clases de español, soy adicta a la mitología y mis hijos han crecido entre libros de mitos.
Llega el ansiado proyecto de fin de trimestre que consiste en que los niños tienen que traer de casa un trabajo relacionado con lo que han estado estudiando. Perfecto. Mi opción fue preguntarle a mi hijo qué había en la antigua Grecia. Olimpiadas, Atenas, templos, dioses, Marathon… E imprimí dibujos de todo ello.
El trabajo le llevó varios días. Primero coloreó todos los dibujos, luego le ayudé a recortarlos y los coloqué en una cartulina. Cuando ya estaba todo listo, el niño fue escribiendo qué era cada cosa: “Atenea”, “Partenón”, “Zeus…”. El resultado fue un trabajo hecho por él. Yo, simplemente, fui pegando las cosas para que hubiera cierto orden.
Se fue tan contento a clase. Y yo súper orgullosa de él, su esfuerzo de varios días, su constancia y su interés.
Vuelve de clase súper triste. “¡Mamá, Carolina ha traído un Partenón hecho de palillos! ¡Yo también quiero hacer un templo!”. ¿En serio? ¿¡Hemos estado cuatro días haciendo el póster de las narices y ahora me va a tocar estudiar arquitectura para el proyecto de mi hijo!? En ese momento no os voy a mentir: me cagué en la madre de Carolina y su gusto por las manualidades. ¡No me jodas! Que ya bastante tengo con poder hacer la cena mientras intento jugar con ellos sin quemar la puñetera tortilla francesa (mi especialidad y la cena de la mayoría de las noches).
Sinceramente, creo que los profesores deberían prohibir que fueran los padres los que ejecutaran el trabajo. Entiendo que madre de Carolina hace obras de arte, como el Christmas que hizo en Navidad y que ganó el concurso del cole, pero, oiga, que los niños tienen que pasar por sus fases de crecimiento, madurez y frustración.
Muchas pensaréis que es envidia. En absoluto. Soy una negada artísticamente y no pretendo demostrar nada a nadie. Mis hijos son pequeños, creativos y tienen una madurez acorde a su edad. Es imposible que hagan un Partenón de palillos, pero, con ayuda, sí pueden realizar dibujos sencillos y es a lo que aspiro: a que pasen por los episodios de crecimiento que tienen que ir transitando. Serán brillantes, buenos o mediocres, incluso negados como su madre, pero serán ellos.
Todo este rollo desembocó en que mi hijo quería llevar algo manipulativo al cole. Así que mi marido tuvo una idea genial: con un poco de laurel del jardín podíamos hacer una corona de laurel. A mi hijo le encantó la idea y mi marido y él se fueron a por el laurel e hicieron la corona en dos minutos.
Ese día volvió de clase pletórico. Sin embargo, para mí el verdadero esfuerzo, el que hizo él, fue el que menos se visibilizó. Por eso me parece que estas cosas, si se hacen en casa, deberían ser hechas por los niños. Y, si no, que el concurso de christmas se haga en clase y si gana Carolina que sea porque es una máquina y no porque su madre tiene muchas ganas y tiempo libre.
