Tengo ya una edad en la que mirar al pasado se ha vuelto costumbre.
Siempre fui creyente, siempre creí en Dios, primero fui cristiana católica por nacimiento, me bautizaron, hice la primera comunión, a veces me llevaban a misa.
Cuando empecé la universidad conocí a la que es hoy mi mejor amiga, ella me enseñó la religión cristiana evangélica poco a poco,porque chocaba mucho con mi manera de pensar,pero después de varios años, decidí formar parte de la comunidad religiosa y me bauticé.
Por desgracia mi amiga se tuvo que ir a vivir a la otra punta de España a vivir y me quedé sin su apoyo en la iglesia. Ya no era lo mismo sin ella. Así que empecé a buscar otras iglesias para congregarme. En este punto de la historia apareció Él. Era un joven Tunecino musulmán con el que empecé una relación. Él era muy practicante y yo lo veía rezar a menudo. Me empezó entonces a entrar curiosidad por esa nueva religión, y empecé a averiguar por mi cuenta. Leí el Corán, fui a la mezquita y finalmente me convertí al Islam. Tengo que reconocer que fue un poco también para complacerlo a él. Él decía lo orgulloso que estaba de mí, que le había hablado a su familia y que se alegraban mucho y que había tomado la mejor decisión. Incluso empecé a ponerme el Hiyab para salir a la calle. Con el tiempo la relación se volvió muy tóxica, ya que empezó a criticar mi forma de vestir porque “no era la adecuada para una musulmana”, no estaba permitido maquillarse ni pintarse las uñas, ni perfumarse en exceso. Lo de menos era no comer cerdo, pero no aguanté la presión y terminé dejándolo.
Yo continúo siendo musulmana pero a mi manera, no uso Hiyab y me visto más moderna. Llevo maquillaje si quiero, no porque nadie me lo imponga y soy feliz.